Amor en Marsella

Pienso en vos…, pienso en vos…, con el sol o la luna pienso en vos. Esta noche se me hará tan corta como largas las otras y me daré cuenta una vez más que la prisión no es lo peor que me ha ocurrido, no son los barrotes, no son los pasillos de celdas que se pierden sin fin, la mala comida ni los guardias brutales ni siquiera las chinches del colchón que se alimentan de mí. Tampoco la húmeda jaula con el pequeño ventanuco que distingue a los días ni el tufo asqueante que la llena, por el balde a modo de baño.

No. Lo que tortura mi alma es no saberte conmigo. Sos el único objeto de mis pensamientos como si fueras un poderoso agujero negro que absorbe todo mi amor y sentimiento. Paso horas en una duermevela obligada por ese atardecer de todo el día.

Cierro los ojos y siento en mis manos la piel y el color del durazno en tus mejillas. Tus párpados apenas evitan que tus ojos me cieguen y tus pestañas, jugando, los esconden. Es el brillo de tus sonrisas el que figura al sol en la mazmorra y es tu cabello bailando el que me acerca esa brisa bienhechora. En ese momento nos recuerdo caminando descalzos por la arena húmeda de la costa. El sol arrebola tu rostro y, salpicando, te persigo.

Soy un depresivo que navega entre sus crisis. Más de una mujer amé y maltraté como si fuera el último salvavidas para mi alma. Nada de esto hemos hablado pero siento que ya estás harta y gastada a causa de los hombres. Por esto es que tenemos la sensación de llegar, como náufragos, a una misma isla, la justa y adecuada para nosotros. Por eso el amor nos redimía y nos habría un futuro que parecía ya perdido.

Expliqué todo esto durante el juicio, también atestiguaron nuestro querer varios vecinos. Los jueces y abogados no parecían entender y pensé confundido que no hablaba el francés. Me acusaban, obsesos, de tu muerte mientras les contaba de la sospechosa deuda que mantenías con el proxeneta del barrio. Entonces lo vi y, así como tu muerte había sido intencionadamente horrible, también mi sentencia ya había sido pagada. Me di cuenta que de seguir pleiteando demoraría años y yo solo quería reunirme con vos, así que confesé, dije a todo que sí, que no perdieran más el tiempo y me condenaran.

Todavía no amanece. Oigo pasos que se acercan y, entre esas personas, viene cabizbajo mi abogado negando con la cabeza. Una gran tranquilidad me embarga al olvidar dudas y preocupaciones. Me llevan a un patio casi vacío, iluminado por dos focos y el alba; a su vez se oye a mucha gente del otro lado del portón. El Sr. Chevalier me acomoda con esmero, ajusta las cinchas, me recuesta y me indica esperar. Oigo un gran golpe y mi vista gira perdida.

El Sr. Chevalier, con un público ampliado (al abrirse el portón) a periodistas, funcionarios y meros curiosos la muestra sin apuro. Y finalmente, arroja la cabeza cercenada al ataúd con mis restos, el que le ha sido acercado por sus ayudantes.

Noticia publicada en 1977 por el diario La Provence de la ciudad de Marsella: “En el día de ayer, 10 de setiembre, siendo las 4:40 hs y habiendo sido negado el pedido de clemencia por el presidente de la república, fue ejecutado por guillotina en la prisión de Baumettes, el prisionero oriundo de Túnez Hamida Djandoubi por la tortura y muerte de la joven marsellesa Elisabeth Bousquet. Dando fe de ello, los testigos ocasionales, el abogado del reo, dos oficiales del servicio penitenciario, el corresponsal de este diario y el verdugo oficial del estado Sr. Marcel Chevalier.

Carlos Caro
Paraná, 30 de diciembre de 2014
Descargar XPS: http://cort.as/UZ4v

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