El Café de la Plaza

Hoy mi vista está ciega, mis oídos tapados y mi ánimo se ha ido tan lejos que ni siquiera lo extraño. Quisiera estar en Bombay quizás en Kuala Lumpur o en Shanghái, esas ciudades asiáticas donde la gente pulula por doquier sin darte paz o respiro. Me equivoco. Para alguien tan solitario como yo, eso sería como recibir un baldazo de agua fría o una ampolla de adrenalina; pasaría de un inmóvil estupor a una carrera dramática; de modo que no haré nada. Me enfrento a un cielo gris, sin brisa que agite siquiera las plantas y a una falta total de aves, ¿por qué no están aquí?, comer comen igual, será entonces este cielo nublado ¿O seré yo que irradiando nostalgia las alejo?

Las flores me dan un solaz menguado ya que sus colores son opacos y no transmiten esa idea de vida inextinguible. La casa silenciosa parece vacía (lo está) de modo que decido dar un paseo. La calle tampoco me reconforta, la gente camina tranquila y hasta los automóviles se mueven lentos, como si los semáforos cambiaran de colores sin ganas. Quizás todo cambie. Es lo que siento al verme iluminado por la sonrisa de una hermosa joven. Termino de pagar las pastillas de menta y ahora, reconfortado, sigo mi camino. No advierto, entonces, que los maravillosos dientes se ocultan detrás de una muralla de labios tan prietos como comerciales.

Con las pastillas entretengo mi estómago ya que ni siquiera tomé unas galletas al salir. Ya estoy por llegar a mi destino y veo a lo lejos, dos cuadras delante, los frondosos árboles de la plaza principal. Cuento las ocho campanadas del reloj de la municipalidad que me indican la hora. Perfecto. Ni muy temprano ni muy tarde. Apresuro el paso pues ya los automóviles se vuelven irritantes y molestos por su apuro por llegar quién sabe adónde. Me alienta llegar a la plaza, para decepcionarme enseguida, a más de la mitad de las flores le ha parecido una hazaña el despertar con tan poco sol y sus finos tallos anónimos se mecen al compás de la brisa. Tan pocas son que las abejas ni siquiera han venido por ellas. Cruzo la plaza en diagonal mirando tranquilo las antiguas fachadas que la rodean y, de tan ancestrales, el tiempo juega conmigo.

De niño, usándola como un patio de juegos, de adolescente mostrando mis galas a las jovencitas que solo esperan que les dirija la palabra, los paseos y besos contigo, a escondidas detrás del enorme tronco del palo borracho, ya tomados de la mano o del brazo para mostrar a ese concierto de vanidades nuestro compromiso. Atravesarla corriendo con esas mismas campanadas que me juzgaban impuntual por no haber podido separarme antes de tus brazos. Recorriéndola con poco tiempo con nuestros niños los domingos y tranquilos, cuando casados, se fueron. Finalmente, como hito cuando quedé en tinieblas y pensé, sentado en esos bancos, que no valía la pena vivir sin vos.

En ese instante comprendí su leyenda. Y mis pasos, igual que ahora, me llevan sin ganas a ocupar una mesa en ese café. Ya era antiguo cuando yo era chico y hasta tu partida no entendí por qué era el más concurrido. Como un remanso en el río, allí se encuentran todos lo que la corriente principal ha desechado, unen sus soledades, sus problemas y sus angustias, pero también, sus risas, su buen humor y francas alegrías.

Si bien su aspecto cambia y se moderniza, es un club al que entras sin ser invitado y año a año vas conociendo a sus integrantes con sus respectivos horarios. Si bien es mixto, lo que prima es el compañerismo y no conozco a ninguna pareja que se haya formado en él. Sobre esta base geronte, se apila en el mismo bar la adolescencia y la juventud con su bullicio, sus trapisondas y su bellísimo amor, tornando el lugar en un ambiente loco, profundo e irrepetible. Son éstas las simples razones por las cuales en días como este, desayuno aquí pensando que me acompañás.

Carlos Caro
Paraná, 15 de diciembre de 2014
Descargar XPS: http://cort.as/UZ5M

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