Mes: septiembre 2014

Paredes de aire

Paredes de aireEn cuanto desperté, supe con seguridad que seguía soñando. El tiempo iba y venía a su antojo, ya estaba frente al espejo del baño o aún no abandonaba la cama. En un instante, sin mediar un suspiro, me hallé frente al ventanal del jardín, me adentré en él con un ramalazo de desconfianza. Se veía tan extraño, todo gris y apagado; imaginé dentro de mi ensueño que apenas estaba rayando el alba. A su vez, sentí que algo giraba a mí alrededor. Con sorpresa y un poco más de luz, me vi rodeado de paredes de aire que se elevaban sin fin hasta el cielo sin matices y uniforme.

Me encontraba, sin saber por qué, en el ojo de un extraño e inventado tornado. En realidad era un fenómeno solo mío, no extendía sus efectos al resto del mundo. Poco a poco pareció amanecer. La vida palpitaba detrás de ese muro translúcido. Vi retazos de verde y explosiones de colores. Cuanto más fijaba la vista, más borrosa se hacía. Sin embargo, mirando de reojo, fuera de foco y de soslayo, podía ver mis plantas y mis flores festejar la gloria de un nuevo día radiante. También aguerridas calandrias que cruzaban, impertérritas, ese círculo mágico. Prudentes y pequeños gorriones piaban detrás de las paredes. Reconociendo el lugar, por fin me tranquilicé y me dejé llevar por el susurro del viento circular junto a la cacofonía de los pájaros.

Mis oídos navegaban en notas cada vez más altas y brillantes. En un momento fueron un clarinete, un oboe y un fagot que, como sus preferidos, entretejían sus melodías al dictado de Mozart. Sigo con un obstinado y repetido do mayor en el in crescendo instrumental del Bolero de Ravel. El paroxismo de su final me deposita alienado en el cuarto movimiento de la novena sinfonía de Beethoven. Ese coro que estalla con la Oda a la Alegría me disuelve, me hermana y me une a la humanidad de ahora y de siempre. Sin entender, caigo de rodillas ante la brillantez de los agudos de la soprano entre sopranos: María Callas, “La Divina”, que recupero el bel canto. Me estremezco, ante la potencia del pecho sin par de Pavarotti y derramo lágrimas de amor mientras me acaricia con “Nessun Dorma” en el que me parece el más italiano de los dialectos. Todos están muertos y sin embargo son inmortales. Me hacen parte de una raza y una cultura. Me trascienden y trasciendo tratando de llenar aunque más no sea uno de sus zapatos.

Seguramente, durante mi escucha, he cerrado los ojos sin darme cuenta. Al advertirlo, los reabro muy lentamente, como temiendo que me inunden de imágenes. El sol casi ha completado su diario ciclo y las paredes de aire, ya inútiles, han desaparecido. Al reconocer cada nota, cada una de ellas imaginada en la naturaleza que me rodea, me asombro y me sobresalto.

Con agitación, abro la cortina del dormitorio; temí que no fuera mi casa, que no fuera mi jardín. Me encontré con un cielo gris lleno de nubes. Ni el menor rastro de ningún sol. Solo una lluvia aburrida, inexorable y tan vertical como deprimente.

No quise vivir ese día. Me negué a sufrir su aplastante realidad. Solo se me ocurrió un remedio, de modo que mientras me arrebujaba entre las mantas, desperté con los mejores anhelos otra vez dentro de mi sueño.

 

Carlos Caro

Paraná, 16 de septiembre de 2014

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Juana perdida

Realmente no sé qué hacer, debo escapar de la depresión que me acecha. En este paisaje alejado del hombre, mi conciencia se libera: puedo ver los errores propios y la malicia ajena, puedo sentirme culpable aun cuando no cargo la más mínima culpa y puedo entender su dolor al cual el mío apenas refleja y olvida.

La proa discrimina en dos el agua que quiere oponerse e impedir su paso, la levanta, la agita y la devuelve en olas de espuma. El rumor del pequeño motor que impulsa el bote invita al sueño. Su eco, sin obstáculos que lo devuelvan, hecho costumbre, se vuelve silencio. Adormilado bajo un cielo sin nubes, una de mis manos, lánguida quiere huir con la corriente y ese es el problema de navegar en su contra. Con esfuerzo desvío los ojos dentro de las mezquinas ranuras que forman mis párpados, el paisaje apenas ha variado. Es un paralelo de la propia vida: nos avasalla con el poder de la corriente que intentamos resistir y demenciados creemos estar en el mismo lugar, ser los mismos que cuando todo comenzaba.

Pese al calor, he resistido la tentación de quitarme el jogging, el sol está tan fuerte que en minutos parecería una guinda madura. Cada tanto me arrojo al agua y luego dejo que la brisa me refresque al secarme. Por suerte, junto a aparejos de pesca, encontré en el fondo un deforme sombrero de fieltro cuyas alas, al mojarlas, protegen mi cabeza y cuello.

Salgo apresurado del canal; de frente, tres enormes barcazas unidas entre sí a lo largo, llenas hasta el borde de cereales o de soja, se precipitan con la inmutabilidad de un tren a toda marcha.

Me acerco al lugar que busco y lo siento como un refugio, los tres cables de alta tensión que cruzan altos sobre el agua en el lugar más angosto me lo advierten. Este estrechamiento es un sitio especial. Presto mucha atención para evitar las latas multicolores con las que los pescadores sostienen sus largas líneas de anzuelos, las que recorren cuando atardece mientras recogen los pescados que proveen su alimento y sustento.

Al divisar en la costa el lugar esperado, cambio el rumbo, apago el motor y dejo que el bote se desdice sobre el borde de arena, me descalzo y me sumerjo hasta la cintura para vararlo más aún, no quiero que se lo lleve la correntada. Busco una sombra amable bajo los sauces, ahora sí me quito el jogging que me sirve de almohada y abstraído me apodero de la brisa y el silencio.

Juana fue empeorando en su locura, creía seguir con él, aumentaba las dosis de sus psicotrópicos para después tambaleándose, lamentar su abuso. Nunca se recuperó de ese largo calvario lleno de policías y médicos que, con su encallecido profesionalismo nos consolaron. Nunca pudimos olvidar el chirrido de los frenos ni ese golpe sordo y definitivo que se lo llevó y que se agiganta, como pesadilla, cada noche. Creí que el tiempo aplacaría la llaga, pero, dejó de vestirse, de comer, de hablar y ni siquiera yo tenía cabida en ese mundo de tinieblas donde lo buscaba.

Por suerte encontré a Rosa y nos hicimos cargo de las tareas diarias y de su cuidado, era como vivir en un eterno crepúsculo, sin risas ni esperanzas hasta que algo cambiara. Me puse de acuerdo con ella para tomarme el día, poner en orden mi rumbo y mis ideas.

Regresé a media tarde, hecho un desastre y con los mismos  conflictos, grité al pasar un saludo y me encerré con Juana en el dormitorio. Las cortinas cerradas me hablaron de su deseo de desaparecer, pastillas desparramadas con desesperación por doquier, me explicaron tanto la cama como su camisón desarreglados. En el baño, lo mismo: toallas húmedas, maquillajes abandonados y espejos torcidos. Me duché y agotado me acosté a su lado, la abracé con desolación, negándome a dejarla ir. En su sopor químico sonrió, acaricié su cara y desenredé su pelo; se rio con algarabía, imaginé contento que era por alguno de mis chistes. Abrió sus ojos alegres y nos encontramos bailando en aquel secreto balcón.

Me deje engañar por las sombras, ve a través de mí y la mirada se hace de vidrio, lo busca a él. No importa Juanita, donde sea que lo encuentres, estaré contigo.

 

Carlos Caro

Paraná, 27 de octubre de 2014

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Escudo de memorias

Hoy viviré con mis recuerdos, cierro los ojos y me encuentro pisando la arena caliente, rodeado de dunas coronadas por pilosas hierbas rendidas al viento del mar. Sé que es él, por su olor característico y el machacar infinito de las olas, cuya espuma, imagino, ya cosquillea entre mis pies. Bronceado por un sol veraniego, oigo los chillidos que, con desparpajo y como dueñas, producen las gaviotas; también oigo voces familiares que me llaman. Acudo, pierdo fuerzas en cada paso que se hunde y se desanda en la ladera de la duna hasta que llego a su cima.

Sorprendido, me encuentro con la corriente poderosa del río. En sus márgenes sencillas y sin ondas la arena se mezcla con el barro que transporta la tierra de mil confines lejanos y exóticos. Un niño se apresura para cebar su “mojarrero”. Lo miro divertido; supongo que ayer lo armó con apenas algo más de un metro de fina caña, otro tanto de hilo de nylon y el más minúsculo de los anzuelos. Con suerte de principiante, está en medio de un inesperado cardumen. Las mojarritas, encantadas, acuden en tropel al llamado de su flauta mágica.

Me abstraigo con el veloz pasar de la corriente; la gran boya naranja anclada al fondo baila su eterna danza del vientre mientras hace sonar somnolienta su campana que marca así el canal principal. También me distraen los islotes, más verdes, más pequeños o más arenosos; según les haya susurrado la luna a los meandros, mientras los besaba con ardor y nos engañaba con su lividez durante la noche. Sin pensar sigo las costumbres rivereñas, contesto la grave y profunda sirena de una embarcación con un exagerado saludo de mi mano y la persigo distraído hasta que se pierde en el próximo recodo.

Me despabilo sentado en uno de los bancos de la plaza. Intuyo que es la hora de la siesta y los rayos implacables me llegan apenas como brillos cambiantes bajo el resguardo de una añeja copa que se mece en la brisa. Todo es silencio y soledad, no hay gente ni autos, ni siquiera un perro extraviado. La plaza vuelve a ser mía como lo fue en mi adolescencia. Antes que, descuidado por seguir unos ojos verdes, me la dejé arrebatar por la ciudad.

Vuelvo a extrañar los acordes de la banda de la policía, que acompañaban los domingos. Veo más grande el pedestal y la estatua ecuestre de San Martín sin entender el color verde de su bronce. De pequeño me contaron la creencia popular de que el índice del prócer apunta hacia los Andes. Sin embargo, mis años me indican extrañas y desconcertantes contradicciones: ¿Qué fue primero? ¿La Plaza o el Monumento? Ya que la paralela alineación de sus lados nos habla de oscuros sortilegios, o de una visión premonitoria de aquellos primeros ediles, francamente incomparable.

Me encandila (supongo que ese es su objeto) el blanco puro de la catedral. Solo parecen moverse, llenas de vida, las molduras de su clásica fachada. De vez en cuando una inquieta paloma cambia de lugar y provoca un oleaje de reacomodamientos. Mis ojos se levantan, siguen su cúpula y se pierden en el celeste que la enmarca.

Ha amanecido sin sol, sin colores ni calor. Mi ánimo se derrumba bajo esa cubierta nubosa. Vivo estos días dentro de pasajes que apenas translucen y los recorro sin ton ni son. Como un perro con el pelaje mojado, me sacudo esta taciturna realidad en mil gotas de olvido que le hacen lugar a mis historias.

Hoy sé que crucé una línea. Una sonrisa de desdén y  revancha asoma entre mis dientes. Seguramente, son muchas más mis memorias que los días cubiertos que me restan vivir en este mundo. Vengan, pues, días odiosos, los espero con una carcajada y mi escudo forjado con mis más viejos y mejores recuerdos.

 

Carlos Caro

Paraná, 5 de octubre de 2014

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Sueños extraños

Soy un gato que expongo mi claro vientre a la borrachera del sol. Veo mis párpados rosados por traslucir su fuerza. Si los abro apenas, se cuela su fulgor y me ciega de inmediato. Repito una y otra vez este juego como probando mi poder. Siento que mi cuerpo ya arde, cuando me entibia la brisa. He escalado hasta la azotea para que el clásico desdén que me endilgan sea tranquilidad ¿Por qué no? En esta ceguera feliz, puedo ser quienquiera o estar donde sea.

El césped me cosquillea el cuello y eso basta para que me encuentre corriendo detrás de la pelota en la cancha de fútbol. Estoy solo frente al arco desguarnecido, ni Messi lo hubiera hecho mejor. Sin embargo, una sombra cruza mi camino; es ese enorme y mal nacido de Julián quien se ha lanzado como una locomotora barriendo el suelo con sus piernas. Me aterrorizo y salgo de su camino, perdiendo así la pelota ¡No es justo! No demuestra la menor habilidad solo fuerza bruta. Es tal mi furia por tan descarada falta, que lo olvido todo y ya camino tranquilo por las veredas.

Voy jugando una extraña rayuela saltando, sobre uno o ambos pies, entre algunas baldosas rotas. Se alarga y ansío coronarla al llegar a su cielo, que para mí es la morada de Violeta. Visito, entonces, los canteros de cada árbol y reúno un desparejo ramo de nomeolvides y otra flores chiquitas que no me acuerdo cómo se llaman. Me faltan unos pocos metros pero mi ánimo titubea; sobre los escalones que llevan a su casa está sentada esa chismosa de Juana. Con su tonito altanero le anuncia mi visita. Como dice mi papá: su desprecio y enojo deben ser síntoma de envidia ¿Por mí? Nunca me consideré nada especial.

La sonrisa de Violeta ilumina el zaguán y sus ojos hacen empalidecer los colores de las mayólicas que, exaltadas, brillan y luchan por su prestigio. Por supuesto, a mi lengua es como si le hubieran puesto un candado y sólo acierto con movimientos temblorosos a ofrecerle el pequeño ramo. Cuando lo toma entre sus manos, siento, engreído, que me mira enamorada. Pese a mi orgullo de galán, en un flash que adelanta el futuro veo que ella no será al fin mi sino.

La imaginación sigue girando y de nuevo tengo pelaje, con maniaca tozudez mi áspera lengua lo pone en orden. Haciendo gala de mi natural equilibrio, bordeo las medianeras y cruzo audaz los tapiales. Vigilo y espío indiscreto lo que ocurre en mi territorio, sin embargo, en la ciudad son tantos los territorios que hasta mi brújula flaquea

Otra vez acostado sobre algún césped una mariposa molesta investiga mi oreja. Mis párpados y la luz son los mismos, aunque no mi cuerpo ni mis sueños, que desaparecen como en una nube de humo. Suenan mis huesos y vacilan mis músculos al levantarme. “Los años no vienen solos”, refranéo resignado, pero no dejaré de soñar a mi antojo por esos pequeños detalles.

 

Carlos Caro

Paraná, 7 de octubre de 2014

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Tres vidas o seis horas

3 vidas o 6 hsEn cuanto advirtieron que desperté, se pusieron en marcha. Me han lavado, afeitado y vestido en un santiamén; ya estoy reclinado en el cómodo sillón junto al ventanal. El vidrio congelado me da frío, voy a reclamar pero alguien atento se adelanta y me cubre con una manta.

Es como estar dormido en un teatro justo antes de que empiece el espectáculo. La catarata de uno de mis ojos se ha hecho dueña de ese mundo gris que precede al amanecer. No hay cielo ni tierra en el alba infinita, apenas algunos árboles sospechados y nada que parezca ni remotamente humano. Mi soledad me impulsa a perderme en esa bruma cuando una claridad que crece me alerta. Contento presiento sus rayos, cierro los ojos y ya me queman.

Me retiene, firme, la mano de mamá. Lucho y tironeo con su titánica figura y hasta quiero golpearla con el pequeño balde azul de plástico que sostengo apenas con mi otra mano. Quiero correr hacia ese desconocido y enorme lugar, tan lleno de un agua que, por lo extraña, es distinta. Se mueve, parece loca. Primero se hincha y crece, así se arroja contra la arena para conquistarla y luego, cuando lo ha logrado, arrepentida, retrocede. Esa locura permanente produce un arrullo que me calma, pienso que el tiempo no importa y que siempre lo seguirá intentando. Ahora es mamá la que tira de mí y me obliga a pisar su orilla. El primer contacto de espuma, imperceptible, me alienta y con arrojo me adentro unos pasos

¡Viene tan rápido! ¿Estará muy fría? Estoy por huir, angustiado, cuando su mano me detiene y me infunde una tibia confianza. Finalmente, el choque fue de otro mundo. Mis piernas aún lo recuerdan y también mi mente.

Recuerda la sorpresa, el aliento contenido y el temor de que siguiera subiendo. Recuerda la parálisis, la inconsciencia y el amor instantáneo. Me sentí parte de ella y ella de mí. Cuando retrocedió, pensé que quería llevarme, que no me dejaría. Estaba dispuesto a seguirla pero ella, sabia, fue hundiendo mis pies en la arena mientras se iba, para impedirlo. Sin embargo ya nos reconocíamos y, segundos después, regresó como amiga.

No fue por la piel arrugada de mis manos y mis pies que mamá me apartó de allí. Me apartó por el resto de esa misma piel que había tomado un peligroso tinte colorado. Cuánto me hizo sufrir esa quemazón, no hubo pomada que la calmara. Ese ignorado sentido del tacto es tan poderoso que puede sumirnos en la locura del dolor o en el éxtasis del amor. Ninguno de los otros llega a tales extremos entre la vigilancia protectora y el premio de lo seguro. Pero eso vino después, mientras caminábamos con mamá hacia la sombrilla. Recuerdo que giré mi cabeza para ver de nuevo el agua y sobre ella fotografié en mi cerebro las gaviotas.

El viento sustenta mis alas. Me tambaleo sobre una cuerda invisible. Sin moverme, me mantengo encima del pez que acecho. Cada tanto emito un grito de alerta. Les advierto que voy tras esa presa; sería suicida caer dos al mismo tiempo sobre ella.

Allá voy, acelero en la caída, planeo a flor de agua y entreabro el pico anhelante. Burlada, grito de hambre y frustración al aletear rápido para recobrar altura. Hace horas que pruebo. El mar hoy me parece vacío y decido adentrarme en la costa. Todo ese verde en lugar del acostumbrado azul ya no me confunde, sé que aquí soy una carroñera del hombre.

Veo un claro en el paisaje junto a una de sus construcciones. Bajo para explorar. Todo parece tranquilo y sin peligros. Al girar, de pronto, veo sus ojos que se clavan en mí; el pánico está por estallar pero no se ha movido, sólo me mira. Menos preocupada, yo también me fijo en sus ojos y pienso que los humanos se parecen a las hormigas; incansables, modelan el entorno pero su poder es tan inmenso que nos afecta a todos ¿Cómo sería ser así?

El revoloteo final de la partida me saca de mi estupor. Perdido, ni siquiera me di cuenta del tiempo. Me parecen horas las que pasé mirando los ojos de esa extraña gaviota. Sentí que podía volar sobre el mar y la tierra, sentí que podía… Pura ilusión. Es increíble lo reales que parecen estas memorias implantadas. El recuerdo de mamá me encantó pero el de la gaviota es poco verosímil, estoy a más de ochocientos kilómetros del mar. Lo único real que me ha dejado es el hambre. El sol me confirma el mediodía y mi sonrisa se adelanta a mi gula mientras espero que las máquinas me lleven a almorzar.

 

Carlos Caro/LV

Paraná, 17 de mayo de 2014

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Miradas sin paralelos

Mi día empezó con desgano. En la oscuridad del dormitorio me negaba a mirar el exterior ¿Qué podría traer de bueno o distinto un nuevo número del almanaque? Sin embargo, un prófugo rayo de sol se coló a través de mi coraza de desánimo, me habló de luz y de vientos, de aromas y de vida, me impulsó a abrirle mi corazón a una nueva esperanza. Y, como si la cantidad bastara, la realidad brotó y se multiplicó en dos desayunos y dos almuerzos. Mi corazón te recordó con pesar; evoqué tus ojos, tu inefable sonrisa y cambié, sin saber cuál, una de las velas que trémulas me señalan tu retrato.
Un amanecer de dos soles me habla de mi insania, los ojos me engañan y yo… me sumerjo en ella como si la hubiera estado esperando anhelante. Los edificios se hunden, regresan a la tierra y el río vuelve a ser sorpresa de desquiciados y limpios espejos. Corre otra vez, leonado e infinito, fuente de vida, en lugar de resignado resumidero del hombre. Las colinas de alrededor recuperan sus verdes y ocres y sanan las mil heridas de los caminos que por años le fueron impuestas con una porfiada cuadrícula.
Me pregunté ¿Por qué hoy, por qué ahora? Medité alguna respuesta pero, sin hallarla, solo inspiré el aire puro, me llené de colores y me confundí con el celeste del cielo. Quise escribirlo todo, pero mis letras tropezaban una y otra vez confundiendo los renglones. Mi alma, aunque arrepentida, cargaba con demasiados desaciertos, rencores olvidados y enjugadas lágrimas. Miré alrededor e increíblemente después de tantos siglos pasados, nuevamente no encontré a nadie que con merecimiento pudiera arrojar la primera piedra.
Corté gardenias blancas del jardín e imaginé las chispas de amor en tus ojos. También recorrí, alguna de ambas veredas que, con desazón me llevaban hacia el cementerio, hacia tu inapelable tumba. En mi camino me crucé con vecinos, quienes repetidos se hacían eco de mi dolor en el más triste de los pesares. Me acompañaron ¿Cómo no?, un par de calandrias y un par de zorzales; además, para completar ese cortejo, se les unieron un par de desdibujados gorriones mudos.
Atravesé zonas desiertas y otras llenas de gente que con su bullicio machacan en mi alma, tanto pesar y tanto silencio. Me decidí entre esas lápidas anónimas y redundantes con mis ojos anegados en lágrimas, por la de las flores marchitas, esas que reemplacé por las nuevas y vigorosas. Me senté a tu lado, te hablé de mis días vacíos y de mi virtual ceguera entre las multitudes donde solo buscaba tu imposible figura. Además, me quejé como siempre de mis melancólicos encierros y de mi perseguirte inútilmente en tus rincones preferidos.
Abatido, al alargarse las sombras del atardecer, siento que volverás desde los rojos rayos de los soles que se hunden en el fin del mundo. Así completo mis días, con una cena insípida, al faltarle tu sazón. Si el frío lo amerita prendo el hogar, si no, me acerco a la biblioteca y busco en los anaqueles los libros de poemas.
Elijo el que solías leerme en un rito compartido, el más ajado, el que más conserva de vos. Encuentro el que con más deleite te divertía recitarme: me coloco los lentes que corrigen mi doble visión y así, las borrosas páginas toman la fuerza de una única poesía. Al fin me acomodo y, rememorando tu fina ironía la vuelvo a leer: “Esos, tus ojos tan hermosos que por extraños y singulares no consigo escrutar…”

 

Carlos Caro

Paraná, 30 de septiembre de 2014

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Aire

AireAire… fluye y refluye a través de mis pulmones. Por costumbre pasa inadvertido pero aun así, es lo primero que siento al arriar mis sueños. Antes de que los sonidos y la luz se tornen reales, me traés la amada compañía con el perfume de las gardenias. Te inspiro con fuerza al sentir el shock del agua fría y me preparo para los sinsabores del día con ese diario mentol.

Aire, lleno de gula me traes el olor de las tostadas recién hechas, del café y de las naranjas. Parto animoso y trato de ignorar con vergüenza las trazas de humo, esa peste ubicua de alguna basura y los otros mil olores humanos. Mi cerebro, en selección automática, te percibe aquí y allí en algunos jardines y plazas. También en esos ramalazos de aromas provocativos que dejan a su paso algunas mujeres que se cruzan en mi camino.

Aire de plástico, me recibís con el pino o la lavanda de los aromatizantes de ambiente, me irrita el lustra muebles y el café descafeinado que ya se pasó. Ni siquiera el polvo flotando han dejado. Le ponen una pinza a mi nariz y hasta el almuerzo vivo en un mundo artificial de solo cuatro sentidos.

Aire: otra vez distinto, me ofrecés decenas de platos, conocidos o extraños, mi apetito es tal que no hace reparos. Si bien ya me agobian, me alegra recuperar la libertad de mi olfato. Remonto el resto de la jornada, parece más tranquila. Alguien abrió una ventana, otra se pintó las uñas y quizás se perfumó. Aunque apruebo el que esté prohibido, complaciente por la hora, me sonrío ante ese sutil resto del humo de un cigarrillo. Instantáneamente me encuentro fumando en el baño del colegio, al terminar la secundaria, escondidos vivíamos esa pequeña aventura como un rito iniciático más de nuestra hombría.

Aire… aunque estuviera jugando a la gallina ciega sabría con certeza que estoy en casa. Otra vez las gardenias en su cuello y el beso sobre mis labios. Sediento salgo al jardín y te aprovecho como vehículo y como guía. Veleidoso con tu brisa loca me hacés recorrer sin moverme cada flor y cada arbusto aromático. Me llenás de sensaciones con el pasto recién cortado y esa rosa abierta junto a mí. Luego, la comida propia, que reconozco a través de los años, tan igual y sin embargo, siempre distinta. En mi imaginación, ansioso desato el lazo, rompo el papel que la esconde como regalo y con sorpresa ya anhelo su sabor.

Aire de estrellas sobre la terraza, la luna te torna más frío y melancólico. La noche oculta y aplaca tus olores. Plácido, lleno de tiempo ahora, con insistencia, los busco y me bastan los pocos que encuentro. De nuevo el agua y el mentol, más tarde disfruto el papel y la tinta de un libro. Cómoda y familiar la gardenia a mi lado. Por fin te suspiro cansado y apago la luz.

Aire ¿También estás allí? Espérame, ya te persigo. Quiero olerte todavía durante mis sueños.

Carlos Caro

Paraná, 24 de marzo de 2014

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Cajones

CajonesEn medio de la penumbra, con cuidado, termino de cerrar suavemente la puerta. Antes de moverme, espero que mis ojos se acostumbren. No quiero despertar al que duerme tropezando con algo. A duras penas logro sortear una pantufla anónima, pero… no he podido, sin embargo, eludir el manubrio de la bicicleta fija de ejercicios. Se ha clavado con todo el desdén por su olvido en mi flanco y muerdo mi lengua para que no salga el quejido.

Por fin adivino estar frente al mueble, encuentro la manija y empiezo a abrir el cajón. El estruendoso roce de la madera me paraliza y aterra. Aunque inútiles, los ojos buscan desorbitados y solo me calman mis oídos, al notar la continuidad del silencio. Siento que encanezco, durante ese tiempo intemporal, mientras deslizo hacia afuera, milímetro a milímetro, ese continente de mi anhelo. Mis manos son ahora mis ojos y el tacto configura en mi mente las diferentes formas que encuentro.

Aquí está ese llavero de propaganda, que alguna vez servirá de algo. Al lado, el manojo enmarañado formado por los cables de los auriculares, esos que uso para llenarme de música sin molestar. Entre ellos, la caja de las pilas, de todo tipo y tamaño. Algunas nuevas y otras agotadas, esperan que yo las separe como a la paja del trigo, pero…, sin el viento que me ayude, es difícil. Tropiezo con viejos controles remotos inservibles, ya sea porque han perdido a su dirigido, o porque han sido estrujados más allá de su resistencia.

No logro encontrar lo que busco, mis brazos parecen alargarse y se sumergen en la prehistoria del cajón. Mi mano derecha empuña reconociendo, aquel pequeño celular, ese del cual algún día recuperaré los contactos que, seguramente, serán distintos a los de ahora. Mi izquierda, mientras tanto, se ha topado con mi viejo (aunque pienso aún vigente) y acerado encendedor Zippo, ese que funcionaba siempre ya sea cargado con bencina, nafta y hasta kerosén. Con su tapa que se abría con un característico ¡Clic! metálico y que me exige ahora un tremendo auto dominio para evitar abrirlo.

Ya perdido, encuentro un papel doblado en cuatro y, sin saber por qué, lo sé mi primera carta de amor. Esa que la vergüenza y el  desencanto me impidieron dar. Un sencillo corazón y un “te quiero”. Era tanta mi ilusión que sentí que ella sabría sin más que provenía de mí. Ni siquiera recuerdo su nombre ni sus ojos de frente, los que nunca me atreví a mirar. Solo la mejilla suave y una gran trenza de pelo rematada por un moño de cinta blanca. Primero mi timidez y luego un cambio de banco, que tome cómo lejanía, terminaron nuestro idilio antes siquiera de comenzar.

Sigo y mis manos encuentran algo informe y pesado, lo giro hacia un lado y el otro y por fin la luz del recuerdo me ilumina: es uno de aquellos pequeños centuriones romanos de plomo. Tengo diez con las plumas del yelmo blancas y otros diez con las plumas rojas. Así desplegaba mis dos ejércitos de miles de hombres, los unos frente a los otros. De este lado era Napoleón y del otro me sentía Alejandro el Grande. De vez en cuando, nos atacaba la caballería de Atila el huno, que era en realidad el nombre que le había puesto al escobillón de mamá y que nos barría sin piedad. La miro enojado pero sus ojos chispean divertidos y nos reímos juntos inundados por el sol que atraviesa la ventana.

¡Shhh! Siento el ubicuo chistido que reclama silencio y me golpea el reencuentro con la penumbra. Con el sol aun en mi mente, ya no sé qué vine a buscar ni me importa. Me retiro subrepticio y al cerrar la puerta detrás de mí, una gran sonrisa pícara viste mi cara. Pienso que todos los días tienen sus noches y esta casa cientos y cientos de cajones.

 

Carlos Caro

Paraná, 10 de junio de 2014

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Efectos del frutihol

Es temprano en el mirador del hotel, lo pueblan sin orden algunas mesas de desayuno, este paisaje recóndito me estremece, las enormes serranías van escalando como una hilera de monjes las alturas hacia los Andes. Nuestro demente orgullo nos compara con estos simples portentos del mundo mientras apenas somos dueños de los hormigueros con que lo vamos horadando.

El aire es tan diáfano y la luz tan clara que llego a atisbar los lejanos macizos mientras las nubes o la niebla se reúnen a su alrededor para esconder las nieves que solo imagino. La vegetación es escasa y de claroscuros rotundos, no hay grises que confundan este sitio binario. Aún así, mi mente está llena de sombras que cambian mientras espero los ingredientes del frutihol. He pedido más de los necesarios pues en mi paranoia prepararé la poción secreta y otra, para engañar a potenciales espías.

Me reencuentro en la sala de estar del palacio Bergoglio, todas las ventanas están abiertas con sus cortinas cerradas y flameantes al son de la brisa que entra por aquí, o va por allá. Las sombras en su desconcierto las persiguen con gentileza y más de una vez se cuela un audaz rayo de sol. Aún dura la siesta, de modo que se entremezcla una irreconocible canción radial con los susurros de nuestras voces.

No era común que mamá se ocupara de mí en estos casos, pero bueno…, fue el primero: le conté con desolación que Juliana, harta y enojada, había puesto fin antes de empezar, a nuestro soñado idilio adolescente. Ahora comprendía en carne propia cómo un corazón dolido o enamorado puede engañar a su antojo hasta a la más poderosa razón.

Frunció el ceño un largo rato, parecía hacer memoria, y manteniendo sus ojos en el pañuelo que sostenía se decidió por fin. Como todo en su universo, tenía razones naturales y remedios vegetales, pensé que recurriría a ese alcohol madurado con “ruda macho” del que nos obligaba a tomar tres tragos en ayunas, a pesar de nuestra repugnancia, todos los primeros de agosto para espantar los males del invierno (siempre imaginé, aunque nunca pregunté si por analogía existía una “ruda hembra”).

Me habló de brebajes extraños con reminiscencias de humedad y de junglas; de amores, de vidas y de muertes. Me corrió un escalofrío de estupor por el tono y el idioma que usaba, cargados de mitos, selváticas creencias y tierras coloradas. Me mandó a la cocina a traer naranjas y limones, una lima y cubitos de hielo, que no olvidara tampoco, azúcar, sal y canela, me gritó desde el comedor.

Mientras regresaba recordé, sin haberlo conocido, a mi abuelo quien intuyo de recién nacida los portentos que desplegaría su hija, y por eso la llamó Flora. Ahora comprendo el origen de su magia como un grito femenino de vida para repoblar con amor ese país carente de hombres tras dos inmerecidas guerras.

Al entrar el ambiente seguía siendo bucólico pero a la vez cargado de fuerza, alto voltaje y potencialidades, también había cambiado de lugar la mesa que lucía un mantel morado nunca visto ni sospechado. Mi lugar lo señalaba un antiguo sillón familiar apodado cariñosamente “el trono”, una gran copa de cristal de plomo descomponía la luz y parecía estar hecha con trozos del arcoíris, cambiaba sutilmente los claroscuros y me sumergía en una experiencia onírica.

Al sentarme dejé las frutas en una fuente, ella acercó varias botellas: coñac, licor de café y una caña quemada de tan alta graduación, que sólo necesitaba una chispa para arder. Cortó y mezcló todo en su justa medida, lo revolvió con una cuchara de madera negra ya que, explicó, cualquier metal echaría a perder las propiedades del brebaje. Se sentó enfrente mirando seriamente y dictó: “lo vas tomando de a poco, trago a trago y cuando te llegue al corazón lo sabrás, pues la imagen de la que por destino será tu amada, aparecerá.

Encendió un fósforo y con sólo acercarlo la superficie de la copa estalló en llamas amarillas que me recordaron a los demonios, también trasparentes y azules me sumergieron en fríos arroyos. Adelanto su mano, las sofocó con apuro y me ordenó:

— ¡Dale, tomala y cerrá los ojos! ¿Ves algo?

— No.

—Tomá un poco más.

Sobre un fondo opalescente distinguí al fin los ojos.
Esos ojos… Son la señal. Incomparables parecen verdes, si dejan de mirarme se tornan grises, si escudriñan mi alma, la pupila se agranda y son un pozo insondable donde perezco; si la hago reír brillan y chisporrotean a la par de su sonrisa, si la hago llorar…, se ahogan en lágrimas y desespero afligido.
Un huracán tropical barrió de pronto las serranías y se sentó a la mesa de desayuno.

—No te puedo dejar ni para ir a la toilette, esto parece una licorería. Con el regusto de las naranjas y los vapores del frutihol entreabro apenas mis ojos y me encuentro con llamas de ira que arden en esos mismos ojos verdes. Nostálgico le agradezco a mamá, pues desde aquel entonces vuelvo a ver a la que para siempre llenó mis sueños.
Y…, alguna de mis pesadillas.

Carlos Caro

Paraná, 16 de octubre de 2014

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Leyenda

LeyendaRevisando papeles y notas viejas, encontré un sobre amarillento que llamó mi atención. Se trataba de una carta que le había enviado mi ya fallecido abuelo a su amigo, ese gran poeta y ensayista paraguayo Juan E. O´Leary. Por su fecha, en medio de la guerra del Chaco, entre Paraguay y Bolivia, no me extrañó que el correo la hubiera devuelto.

En ella le consultaba, con obsesión, si él conocía o tenía indicios del mito o reino de Kuñataî porâ. La palabra me sonó exótica, aunque no del todo desconocida ya que usaba el alfabeto guaraní. El resto de la carta era un intento de evitar la carcajada del destinatario sobre el tema y un amistoso envío de saludos. Pensé que había olvidado el episodio. Sin embargo, años después, en una de las tantas purgas que han sufrido mis bibliotecas, me topé inesperadamente con un viejo volumen titulado “Cuaderno de Viajes”.

Su cubierta era de duro y grueso cuero y mostraba en sus caras las más disímiles improntas que le había infringido el tiempo. De entre todas me llamaron la atención varios navajazos. Al abrirlo sentí un olor a humedad rancia, que me trajo a la mente el de las hojas de la selva podridas sobre el suelo. Las páginas ocres mostraban una regular caligrafía manuscrita. Si bien la tinta parecía misteriosamente del más puro negro, se advertía en su pequeño tamaño el deseo de ahorrar papel.

Tal empeño la hacía ilegible y, frustrado, me disponía a dejarlo cuando, mientras abanicaba sus hojas, divisé una palabra en colorado. Repetí una y otra vez el paso de las hojas y por fin lo reencontré. El colorado se transformó entonces en el rojo de la sangre seca y la palabra Kuñataî porâ horadó mi cerebro. Borró años y, correlacionándola con la carta de mi abuelo, despertó mi curiosidad.

Busqué la lupa, el anotador y los dejé sobre el escritorio junto al libro. Representaban una especie de postre intelectual para degustar aquella noche, luego de la cena. El escribiente, Pedro Bellero, aclaraba que escribía “el presente relato por mandato de don Lorenzo de Sepúlveda”, único sobreviviente conocido de la expedición a las selvas norteñas del Paraguay.

Todo comenzó al reunirse en el puerto de Montevideo la cofradía de los seguidores de Kuñataî porâ. Cada uno provenía de alguna prestigiosa familia, pero se habían propuesto demostrar que más importante que descubrir El Dorado, era encontrar en las Américas el reino encantado de Kuñataî porâ quien, diosa y reina a la vez, esparce y domina el amor. Al encontralo, como sus embajadores entonces, terminarían con todas las guerras, con el hambre y hasta con las más pequeñas disputas.

Fletaron un bergantín y adentrándose en el enorme río Paraná, demoraron casi un mes en recorrer, corriente arriba, los más de mil kilómetros hasta Asunción del Paraguay (último puerto fluvial disponible). Se dedicaron a buscar el avituallamiento necesario y contratar gente que conociera el lugar. Hicieron oídos sordos a todas esas fábulas que contaban que su diosa era en realidad una Circe americana que, en lugar de transformar a los hombres en cerdos, los transformaba en sus más rastreros y obedientes enamorados.

Cien hombres aguerridos se internaron abriendo camino a machetazos en la selva. Fueron días de penumbra verdosa, de humedad y de calor. Tuvieron que aprender a caminar de nuevo para no tropezar sin fin con cada piedra o raíz escondida entre miles de hojas caídas que formaban el suelo fétido. Los insectos y las serpientes eran una pesadilla que se hacía realidad con cada nueva muerte que provocaban. Puentes colgantes que se desplomaban y hasta dardos envenenados de cerbatanas ocultas casi lograron detenerlos.

Solo tres llegaron al claro donde comenzaba el reino y objeto de sus afanes. El escribiente, minucioso, dejó constancia de sus nombres y cuál de ellos le había referido la historia y el mandato final. Kuñataî porâ, que ejercía su dominio por su sola belleza eterna y a través de diversos sortilegios, comprendió de inmediato, por sus relatos, lo enorme del mundo y el poder que otorgaba la escritura. De modo que le ordenó regresar, contar su viaje y transcribir, al final, uno de sus conjuros. Efectivamente, en la penúltima hoja, con una extraña caligrafía de símbolos oscuros y totalmente opacos, aparecía la invocación.

Pasé gran parte del resto de la noche intentando descifrarla sin conseguirlo y me fui a dormir frustrado. Tarde, a la mañana siguiente, advertí que su sola visión ha sido una petición atendida. Al lavarme el rostro, un mágico fulgor sale del espejo. Está ahora tan claro que parece una ventana. El hermoso rostro de Kuñataî porâ me sonríe con sus ojos desde la plata y veo que su mano se extiende hacia mí.

Comprendo entonces que ya soy un esclavo de su amor. Cuando al fin ella acaricia con ternura mi corazón, me  convierto en su más fiel instrumento, en su más aguerrido soldado y en su más ferviente profeta. Para extender, sin límites, por el resto del mundo, su reino de bondad y cariño que nos hermanará a todos los seres vivientes de es necesitado planeta, por siempre jamas.

Poema guaraní

Tu imagen en el espejo /Es mi más bello poema /Pero date prisa, se borra /¡es mi último “te amo”!

“Poème d’amour francais La Glace”

Carlos Caro/MJ

Paraná, 14 de junio de 2014

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