Efectos del frutihol

Es temprano en el mirador del hotel, lo pueblan sin orden algunas mesas de desayuno, este paisaje recóndito me estremece, las enormes serranías van escalando como una hilera de monjes las alturas hacia los Andes. Nuestro demente orgullo nos compara con estos simples portentos del mundo mientras apenas somos dueños de los hormigueros con que lo vamos horadando.

El aire es tan diáfano y la luz tan clara que llego a atisbar los lejanos macizos mientras las nubes o la niebla se reúnen a su alrededor para esconder las nieves que solo imagino. La vegetación es escasa y de claroscuros rotundos, no hay grises que confundan este sitio binario. Aún así, mi mente está llena de sombras que cambian mientras espero los ingredientes del frutihol. He pedido más de los necesarios pues en mi paranoia prepararé la poción secreta y otra, para engañar a potenciales espías.

Me reencuentro en la sala de estar del palacio Bergoglio, todas las ventanas están abiertas con sus cortinas cerradas y flameantes al son de la brisa que entra por aquí, o va por allá. Las sombras en su desconcierto las persiguen con gentileza y más de una vez se cuela un audaz rayo de sol. Aún dura la siesta, de modo que se entremezcla una irreconocible canción radial con los susurros de nuestras voces.

No era común que mamá se ocupara de mí en estos casos, pero bueno…, fue el primero: le conté con desolación que Juliana, harta y enojada, había puesto fin antes de empezar, a nuestro soñado idilio adolescente. Ahora comprendía en carne propia cómo un corazón dolido o enamorado puede engañar a su antojo hasta a la más poderosa razón.

Frunció el ceño un largo rato, parecía hacer memoria, y manteniendo sus ojos en el pañuelo que sostenía se decidió por fin. Como todo en su universo, tenía razones naturales y remedios vegetales, pensé que recurriría a ese alcohol madurado con “ruda macho” del que nos obligaba a tomar tres tragos en ayunas, a pesar de nuestra repugnancia, todos los primeros de agosto para espantar los males del invierno (siempre imaginé, aunque nunca pregunté si por analogía existía una “ruda hembra”).

Me habló de brebajes extraños con reminiscencias de humedad y de junglas; de amores, de vidas y de muertes. Me corrió un escalofrío de estupor por el tono y el idioma que usaba, cargados de mitos, selváticas creencias y tierras coloradas. Me mandó a la cocina a traer naranjas y limones, una lima y cubitos de hielo, que no olvidara tampoco, azúcar, sal y canela, me gritó desde el comedor.

Mientras regresaba recordé, sin haberlo conocido, a mi abuelo quien intuyo de recién nacida los portentos que desplegaría su hija, y por eso la llamó Flora. Ahora comprendo el origen de su magia como un grito femenino de vida para repoblar con amor ese país carente de hombres tras dos inmerecidas guerras.

Al entrar el ambiente seguía siendo bucólico pero a la vez cargado de fuerza, alto voltaje y potencialidades, también había cambiado de lugar la mesa que lucía un mantel morado nunca visto ni sospechado. Mi lugar lo señalaba un antiguo sillón familiar apodado cariñosamente “el trono”, una gran copa de cristal de plomo descomponía la luz y parecía estar hecha con trozos del arcoíris, cambiaba sutilmente los claroscuros y me sumergía en una experiencia onírica.

Al sentarme dejé las frutas en una fuente, ella acercó varias botellas: coñac, licor de café y una caña quemada de tan alta graduación, que sólo necesitaba una chispa para arder. Cortó y mezcló todo en su justa medida, lo revolvió con una cuchara de madera negra ya que, explicó, cualquier metal echaría a perder las propiedades del brebaje. Se sentó enfrente mirando seriamente y dictó: “lo vas tomando de a poco, trago a trago y cuando te llegue al corazón lo sabrás, pues la imagen de la que por destino será tu amada, aparecerá.

Encendió un fósforo y con sólo acercarlo la superficie de la copa estalló en llamas amarillas que me recordaron a los demonios, también trasparentes y azules me sumergieron en fríos arroyos. Adelanto su mano, las sofocó con apuro y me ordenó:

— ¡Dale, tomala y cerrá los ojos! ¿Ves algo?

— No.

—Tomá un poco más.

Sobre un fondo opalescente distinguí al fin los ojos.
Esos ojos… Son la señal. Incomparables parecen verdes, si dejan de mirarme se tornan grises, si escudriñan mi alma, la pupila se agranda y son un pozo insondable donde perezco; si la hago reír brillan y chisporrotean a la par de su sonrisa, si la hago llorar…, se ahogan en lágrimas y desespero afligido.
Un huracán tropical barrió de pronto las serranías y se sentó a la mesa de desayuno.

—No te puedo dejar ni para ir a la toilette, esto parece una licorería. Con el regusto de las naranjas y los vapores del frutihol entreabro apenas mis ojos y me encuentro con llamas de ira que arden en esos mismos ojos verdes. Nostálgico le agradezco a mamá, pues desde aquel entonces vuelvo a ver a la que para siempre llenó mis sueños.
Y…, alguna de mis pesadillas.

Carlos Caro

Paraná, 16 de octubre de 2014

Descargar XPS: http://cort.as/JftY

 
Licencia de Creative Commons
Efectos del frutihol by Carlos Caro is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-SinObraDerivada 4.0 Internacional License. Creado a partir de la obra en https://carloscaro6.wordpress.com/.

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