Cajones

CajonesEn medio de la penumbra, con cuidado, termino de cerrar suavemente la puerta. Antes de moverme, espero que mis ojos se acostumbren. No quiero despertar al que duerme tropezando con algo. A duras penas logro sortear una pantufla anónima, pero… no he podido, sin embargo, eludir el manubrio de la bicicleta fija de ejercicios. Se ha clavado con todo el desdén por su olvido en mi flanco y muerdo mi lengua para que no salga el quejido.

Por fin adivino estar frente al mueble, encuentro la manija y empiezo a abrir el cajón. El estruendoso roce de la madera me paraliza y aterra. Aunque inútiles, los ojos buscan desorbitados y solo me calman mis oídos, al notar la continuidad del silencio. Siento que encanezco, durante ese tiempo intemporal, mientras deslizo hacia afuera, milímetro a milímetro, ese continente de mi anhelo. Mis manos son ahora mis ojos y el tacto configura en mi mente las diferentes formas que encuentro.

Aquí está ese llavero de propaganda, que alguna vez servirá de algo. Al lado, el manojo enmarañado formado por los cables de los auriculares, esos que uso para llenarme de música sin molestar. Entre ellos, la caja de las pilas, de todo tipo y tamaño. Algunas nuevas y otras agotadas, esperan que yo las separe como a la paja del trigo, pero…, sin el viento que me ayude, es difícil. Tropiezo con viejos controles remotos inservibles, ya sea porque han perdido a su dirigido, o porque han sido estrujados más allá de su resistencia.

No logro encontrar lo que busco, mis brazos parecen alargarse y se sumergen en la prehistoria del cajón. Mi mano derecha empuña reconociendo, aquel pequeño celular, ese del cual algún día recuperaré los contactos que, seguramente, serán distintos a los de ahora. Mi izquierda, mientras tanto, se ha topado con mi viejo (aunque pienso aún vigente) y acerado encendedor Zippo, ese que funcionaba siempre ya sea cargado con bencina, nafta y hasta kerosén. Con su tapa que se abría con un característico ¡Clic! metálico y que me exige ahora un tremendo auto dominio para evitar abrirlo.

Ya perdido, encuentro un papel doblado en cuatro y, sin saber por qué, lo sé mi primera carta de amor. Esa que la vergüenza y el  desencanto me impidieron dar. Un sencillo corazón y un “te quiero”. Era tanta mi ilusión que sentí que ella sabría sin más que provenía de mí. Ni siquiera recuerdo su nombre ni sus ojos de frente, los que nunca me atreví a mirar. Solo la mejilla suave y una gran trenza de pelo rematada por un moño de cinta blanca. Primero mi timidez y luego un cambio de banco, que tome cómo lejanía, terminaron nuestro idilio antes siquiera de comenzar.

Sigo y mis manos encuentran algo informe y pesado, lo giro hacia un lado y el otro y por fin la luz del recuerdo me ilumina: es uno de aquellos pequeños centuriones romanos de plomo. Tengo diez con las plumas del yelmo blancas y otros diez con las plumas rojas. Así desplegaba mis dos ejércitos de miles de hombres, los unos frente a los otros. De este lado era Napoleón y del otro me sentía Alejandro el Grande. De vez en cuando, nos atacaba la caballería de Atila el huno, que era en realidad el nombre que le había puesto al escobillón de mamá y que nos barría sin piedad. La miro enojado pero sus ojos chispean divertidos y nos reímos juntos inundados por el sol que atraviesa la ventana.

¡Shhh! Siento el ubicuo chistido que reclama silencio y me golpea el reencuentro con la penumbra. Con el sol aun en mi mente, ya no sé qué vine a buscar ni me importa. Me retiro subrepticio y al cerrar la puerta detrás de mí, una gran sonrisa pícara viste mi cara. Pienso que todos los días tienen sus noches y esta casa cientos y cientos de cajones.

 

Carlos Caro

Paraná, 10 de junio de 2014

Descargar XPS: http://cort.as/DQUU

 
Licencia de Creative Commons
Cajones by Carlos Caro is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-SinObraDerivada 4.0Internacional License. Creado a partir de la obra en https://carloscaro6.wordpress.com/.

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8 comments

  1. Precioso. Cuando era pequeña me gustaba mirar los cajones en los que se almacenaban las cosas viejas de la granja, desde prendas de cuando mis tías eran más jóvenes, hasta viejas fotos y postales. Es la misma sensación que describes, era una búsqueda llena de tesoros. Besos: Sol.

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