Miradas sin paralelos

Mi día empezó con desgano. En la oscuridad del dormitorio me negaba a mirar el exterior ¿Qué podría traer de bueno o distinto un nuevo número del almanaque? Sin embargo, un prófugo rayo de sol se coló a través de mi coraza de desánimo, me habló de luz y de vientos, de aromas y de vida, me impulsó a abrirle mi corazón a una nueva esperanza. Y, como si la cantidad bastara, la realidad brotó y se multiplicó en dos desayunos y dos almuerzos. Mi corazón te recordó con pesar; evoqué tus ojos, tu inefable sonrisa y cambié, sin saber cuál, una de las velas que trémulas me señalan tu retrato.
Un amanecer de dos soles me habla de mi insania, los ojos me engañan y yo… me sumerjo en ella como si la hubiera estado esperando anhelante. Los edificios se hunden, regresan a la tierra y el río vuelve a ser sorpresa de desquiciados y limpios espejos. Corre otra vez, leonado e infinito, fuente de vida, en lugar de resignado resumidero del hombre. Las colinas de alrededor recuperan sus verdes y ocres y sanan las mil heridas de los caminos que por años le fueron impuestas con una porfiada cuadrícula.
Me pregunté ¿Por qué hoy, por qué ahora? Medité alguna respuesta pero, sin hallarla, solo inspiré el aire puro, me llené de colores y me confundí con el celeste del cielo. Quise escribirlo todo, pero mis letras tropezaban una y otra vez confundiendo los renglones. Mi alma, aunque arrepentida, cargaba con demasiados desaciertos, rencores olvidados y enjugadas lágrimas. Miré alrededor e increíblemente después de tantos siglos pasados, nuevamente no encontré a nadie que con merecimiento pudiera arrojar la primera piedra.
Corté gardenias blancas del jardín e imaginé las chispas de amor en tus ojos. También recorrí, alguna de ambas veredas que, con desazón me llevaban hacia el cementerio, hacia tu inapelable tumba. En mi camino me crucé con vecinos, quienes repetidos se hacían eco de mi dolor en el más triste de los pesares. Me acompañaron ¿Cómo no?, un par de calandrias y un par de zorzales; además, para completar ese cortejo, se les unieron un par de desdibujados gorriones mudos.
Atravesé zonas desiertas y otras llenas de gente que con su bullicio machacan en mi alma, tanto pesar y tanto silencio. Me decidí entre esas lápidas anónimas y redundantes con mis ojos anegados en lágrimas, por la de las flores marchitas, esas que reemplacé por las nuevas y vigorosas. Me senté a tu lado, te hablé de mis días vacíos y de mi virtual ceguera entre las multitudes donde solo buscaba tu imposible figura. Además, me quejé como siempre de mis melancólicos encierros y de mi perseguirte inútilmente en tus rincones preferidos.
Abatido, al alargarse las sombras del atardecer, siento que volverás desde los rojos rayos de los soles que se hunden en el fin del mundo. Así completo mis días, con una cena insípida, al faltarle tu sazón. Si el frío lo amerita prendo el hogar, si no, me acerco a la biblioteca y busco en los anaqueles los libros de poemas.
Elijo el que solías leerme en un rito compartido, el más ajado, el que más conserva de vos. Encuentro el que con más deleite te divertía recitarme: me coloco los lentes que corrigen mi doble visión y así, las borrosas páginas toman la fuerza de una única poesía. Al fin me acomodo y, rememorando tu fina ironía la vuelvo a leer: “Esos, tus ojos tan hermosos que por extraños y singulares no consigo escrutar…”

 

Carlos Caro

Paraná, 30 de septiembre de 2014

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Licencia de Creative Commons
Miradas sin paralelos by Carlos Caro is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-SinObraDerivada 4.0 Internacional License. Creado a partir de la obra en https://carloscaro6.wordpress.com/.

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