Tres vidas o seis horas

3 vidas o 6 hsEn cuanto advirtieron que desperté, se pusieron en marcha. Me han lavado, afeitado y vestido en un santiamén; ya estoy reclinado en el cómodo sillón junto al ventanal. El vidrio congelado me da frío, voy a reclamar pero alguien atento se adelanta y me cubre con una manta.

Es como estar dormido en un teatro justo antes de que empiece el espectáculo. La catarata de uno de mis ojos se ha hecho dueña de ese mundo gris que precede al amanecer. No hay cielo ni tierra en el alba infinita, apenas algunos árboles sospechados y nada que parezca ni remotamente humano. Mi soledad me impulsa a perderme en esa bruma cuando una claridad que crece me alerta. Contento presiento sus rayos, cierro los ojos y ya me queman.

Me retiene, firme, la mano de mamá. Lucho y tironeo con su titánica figura y hasta quiero golpearla con el pequeño balde azul de plástico que sostengo apenas con mi otra mano. Quiero correr hacia ese desconocido y enorme lugar, tan lleno de un agua que, por lo extraña, es distinta. Se mueve, parece loca. Primero se hincha y crece, así se arroja contra la arena para conquistarla y luego, cuando lo ha logrado, arrepentida, retrocede. Esa locura permanente produce un arrullo que me calma, pienso que el tiempo no importa y que siempre lo seguirá intentando. Ahora es mamá la que tira de mí y me obliga a pisar su orilla. El primer contacto de espuma, imperceptible, me alienta y con arrojo me adentro unos pasos

¡Viene tan rápido! ¿Estará muy fría? Estoy por huir, angustiado, cuando su mano me detiene y me infunde una tibia confianza. Finalmente, el choque fue de otro mundo. Mis piernas aún lo recuerdan y también mi mente.

Recuerda la sorpresa, el aliento contenido y el temor de que siguiera subiendo. Recuerda la parálisis, la inconsciencia y el amor instantáneo. Me sentí parte de ella y ella de mí. Cuando retrocedió, pensé que quería llevarme, que no me dejaría. Estaba dispuesto a seguirla pero ella, sabia, fue hundiendo mis pies en la arena mientras se iba, para impedirlo. Sin embargo ya nos reconocíamos y, segundos después, regresó como amiga.

No fue por la piel arrugada de mis manos y mis pies que mamá me apartó de allí. Me apartó por el resto de esa misma piel que había tomado un peligroso tinte colorado. Cuánto me hizo sufrir esa quemazón, no hubo pomada que la calmara. Ese ignorado sentido del tacto es tan poderoso que puede sumirnos en la locura del dolor o en el éxtasis del amor. Ninguno de los otros llega a tales extremos entre la vigilancia protectora y el premio de lo seguro. Pero eso vino después, mientras caminábamos con mamá hacia la sombrilla. Recuerdo que giré mi cabeza para ver de nuevo el agua y sobre ella fotografié en mi cerebro las gaviotas.

El viento sustenta mis alas. Me tambaleo sobre una cuerda invisible. Sin moverme, me mantengo encima del pez que acecho. Cada tanto emito un grito de alerta. Les advierto que voy tras esa presa; sería suicida caer dos al mismo tiempo sobre ella.

Allá voy, acelero en la caída, planeo a flor de agua y entreabro el pico anhelante. Burlada, grito de hambre y frustración al aletear rápido para recobrar altura. Hace horas que pruebo. El mar hoy me parece vacío y decido adentrarme en la costa. Todo ese verde en lugar del acostumbrado azul ya no me confunde, sé que aquí soy una carroñera del hombre.

Veo un claro en el paisaje junto a una de sus construcciones. Bajo para explorar. Todo parece tranquilo y sin peligros. Al girar, de pronto, veo sus ojos que se clavan en mí; el pánico está por estallar pero no se ha movido, sólo me mira. Menos preocupada, yo también me fijo en sus ojos y pienso que los humanos se parecen a las hormigas; incansables, modelan el entorno pero su poder es tan inmenso que nos afecta a todos ¿Cómo sería ser así?

El revoloteo final de la partida me saca de mi estupor. Perdido, ni siquiera me di cuenta del tiempo. Me parecen horas las que pasé mirando los ojos de esa extraña gaviota. Sentí que podía volar sobre el mar y la tierra, sentí que podía… Pura ilusión. Es increíble lo reales que parecen estas memorias implantadas. El recuerdo de mamá me encantó pero el de la gaviota es poco verosímil, estoy a más de ochocientos kilómetros del mar. Lo único real que me ha dejado es el hambre. El sol me confirma el mediodía y mi sonrisa se adelanta a mi gula mientras espero que las máquinas me lleven a almorzar.

 

Carlos Caro/LV

Paraná, 17 de mayo de 2014

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Licencia de Creative Commons
Tres vidas o seis horas by Carlos Caro is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-SinObraDerivada4.0 Internacional License. Creado a partir de la obra en https://carloscaro6.wordpress.com.

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6 comments

  1. Es entre onírico y con un toque de ciencia ficción, con unas descripciones muy vívidas, visuales y dinámicas.
    Corregiría este párrafo, quitaría el ya gaviota, se sobreentiende con lo que sigue:
    El viento sustenta mis alas. Me tambaleo sobre una cuerda invisible. Sin moverme, me mantengo encima del pez que acecho. Cada tanto emito un grito de alerta. Advierto que voy tras esa presa, sería suicida caer dos al tiempo sobre ella.
    Muchos besos: Sol.

  2. Bueno, sigues pintando un futuro alentador del que no se ha desahuciado la fantasía. Voto por ello, aunque signifique que sean las máquinas las que nos lleven a comer. 😉

    Un beso.

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