Escudo de memorias

Hoy viviré con mis recuerdos, cierro los ojos y me encuentro pisando la arena caliente, rodeado de dunas coronadas por pilosas hierbas rendidas al viento del mar. Sé que es él, por su olor característico y el machacar infinito de las olas, cuya espuma, imagino, ya cosquillea entre mis pies. Bronceado por un sol veraniego, oigo los chillidos que, con desparpajo y como dueñas, producen las gaviotas; también oigo voces familiares que me llaman. Acudo, pierdo fuerzas en cada paso que se hunde y se desanda en la ladera de la duna hasta que llego a su cima.

Sorprendido, me encuentro con la corriente poderosa del río. En sus márgenes sencillas y sin ondas la arena se mezcla con el barro que transporta la tierra de mil confines lejanos y exóticos. Un niño se apresura para cebar su “mojarrero”. Lo miro divertido; supongo que ayer lo armó con apenas algo más de un metro de fina caña, otro tanto de hilo de nylon y el más minúsculo de los anzuelos. Con suerte de principiante, está en medio de un inesperado cardumen. Las mojarritas, encantadas, acuden en tropel al llamado de su flauta mágica.

Me abstraigo con el veloz pasar de la corriente; la gran boya naranja anclada al fondo baila su eterna danza del vientre mientras hace sonar somnolienta su campana que marca así el canal principal. También me distraen los islotes, más verdes, más pequeños o más arenosos; según les haya susurrado la luna a los meandros, mientras los besaba con ardor y nos engañaba con su lividez durante la noche. Sin pensar sigo las costumbres rivereñas, contesto la grave y profunda sirena de una embarcación con un exagerado saludo de mi mano y la persigo distraído hasta que se pierde en el próximo recodo.

Me despabilo sentado en uno de los bancos de la plaza. Intuyo que es la hora de la siesta y los rayos implacables me llegan apenas como brillos cambiantes bajo el resguardo de una añeja copa que se mece en la brisa. Todo es silencio y soledad, no hay gente ni autos, ni siquiera un perro extraviado. La plaza vuelve a ser mía como lo fue en mi adolescencia. Antes que, descuidado por seguir unos ojos verdes, me la dejé arrebatar por la ciudad.

Vuelvo a extrañar los acordes de la banda de la policía, que acompañaban los domingos. Veo más grande el pedestal y la estatua ecuestre de San Martín sin entender el color verde de su bronce. De pequeño me contaron la creencia popular de que el índice del prócer apunta hacia los Andes. Sin embargo, mis años me indican extrañas y desconcertantes contradicciones: ¿Qué fue primero? ¿La Plaza o el Monumento? Ya que la paralela alineación de sus lados nos habla de oscuros sortilegios, o de una visión premonitoria de aquellos primeros ediles, francamente incomparable.

Me encandila (supongo que ese es su objeto) el blanco puro de la catedral. Solo parecen moverse, llenas de vida, las molduras de su clásica fachada. De vez en cuando una inquieta paloma cambia de lugar y provoca un oleaje de reacomodamientos. Mis ojos se levantan, siguen su cúpula y se pierden en el celeste que la enmarca.

Ha amanecido sin sol, sin colores ni calor. Mi ánimo se derrumba bajo esa cubierta nubosa. Vivo estos días dentro de pasajes que apenas translucen y los recorro sin ton ni son. Como un perro con el pelaje mojado, me sacudo esta taciturna realidad en mil gotas de olvido que le hacen lugar a mis historias.

Hoy sé que crucé una línea. Una sonrisa de desdén y  revancha asoma entre mis dientes. Seguramente, son muchas más mis memorias que los días cubiertos que me restan vivir en este mundo. Vengan, pues, días odiosos, los espero con una carcajada y mi escudo forjado con mis más viejos y mejores recuerdos.

 

Carlos Caro

Paraná, 5 de octubre de 2014

Descargar XPS: http://cort.as/IiT6

 

 
Licencia de Creative Commons
Escudo de memorias by Carlos Caro is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-SinObraDerivada 4.0 Internacional License. Creado a partir de la obra en https://carloscaro6.wordpress.com/.

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