Juana perdida

Realmente no sé qué hacer, debo escapar de la depresión que me acecha. En este paisaje alejado del hombre, mi conciencia se libera: puedo ver los errores propios y la malicia ajena, puedo sentirme culpable aun cuando no cargo la más mínima culpa y puedo entender su dolor al cual el mío apenas refleja y olvida.

La proa discrimina en dos el agua que quiere oponerse e impedir su paso, la levanta, la agita y la devuelve en olas de espuma. El rumor del pequeño motor que impulsa el bote invita al sueño. Su eco, sin obstáculos que lo devuelvan, hecho costumbre, se vuelve silencio. Adormilado bajo un cielo sin nubes, una de mis manos, lánguida quiere huir con la corriente y ese es el problema de navegar en su contra. Con esfuerzo desvío los ojos dentro de las mezquinas ranuras que forman mis párpados, el paisaje apenas ha variado. Es un paralelo de la propia vida: nos avasalla con el poder de la corriente que intentamos resistir y demenciados creemos estar en el mismo lugar, ser los mismos que cuando todo comenzaba.

Pese al calor, he resistido la tentación de quitarme el jogging, el sol está tan fuerte que en minutos parecería una guinda madura. Cada tanto me arrojo al agua y luego dejo que la brisa me refresque al secarme. Por suerte, junto a aparejos de pesca, encontré en el fondo un deforme sombrero de fieltro cuyas alas, al mojarlas, protegen mi cabeza y cuello.

Salgo apresurado del canal; de frente, tres enormes barcazas unidas entre sí a lo largo, llenas hasta el borde de cereales o de soja, se precipitan con la inmutabilidad de un tren a toda marcha.

Me acerco al lugar que busco y lo siento como un refugio, los tres cables de alta tensión que cruzan altos sobre el agua en el lugar más angosto me lo advierten. Este estrechamiento es un sitio especial. Presto mucha atención para evitar las latas multicolores con las que los pescadores sostienen sus largas líneas de anzuelos, las que recorren cuando atardece mientras recogen los pescados que proveen su alimento y sustento.

Al divisar en la costa el lugar esperado, cambio el rumbo, apago el motor y dejo que el bote se desdice sobre el borde de arena, me descalzo y me sumerjo hasta la cintura para vararlo más aún, no quiero que se lo lleve la correntada. Busco una sombra amable bajo los sauces, ahora sí me quito el jogging que me sirve de almohada y abstraído me apodero de la brisa y el silencio.

Juana fue empeorando en su locura, creía seguir con él, aumentaba las dosis de sus psicotrópicos para después tambaleándose, lamentar su abuso. Nunca se recuperó de ese largo calvario lleno de policías y médicos que, con su encallecido profesionalismo nos consolaron. Nunca pudimos olvidar el chirrido de los frenos ni ese golpe sordo y definitivo que se lo llevó y que se agiganta, como pesadilla, cada noche. Creí que el tiempo aplacaría la llaga, pero, dejó de vestirse, de comer, de hablar y ni siquiera yo tenía cabida en ese mundo de tinieblas donde lo buscaba.

Por suerte encontré a Rosa y nos hicimos cargo de las tareas diarias y de su cuidado, era como vivir en un eterno crepúsculo, sin risas ni esperanzas hasta que algo cambiara. Me puse de acuerdo con ella para tomarme el día, poner en orden mi rumbo y mis ideas.

Regresé a media tarde, hecho un desastre y con los mismos  conflictos, grité al pasar un saludo y me encerré con Juana en el dormitorio. Las cortinas cerradas me hablaron de su deseo de desaparecer, pastillas desparramadas con desesperación por doquier, me explicaron tanto la cama como su camisón desarreglados. En el baño, lo mismo: toallas húmedas, maquillajes abandonados y espejos torcidos. Me duché y agotado me acosté a su lado, la abracé con desolación, negándome a dejarla ir. En su sopor químico sonrió, acaricié su cara y desenredé su pelo; se rio con algarabía, imaginé contento que era por alguno de mis chistes. Abrió sus ojos alegres y nos encontramos bailando en aquel secreto balcón.

Me deje engañar por las sombras, ve a través de mí y la mirada se hace de vidrio, lo busca a él. No importa Juanita, donde sea que lo encuentres, estaré contigo.

 

Carlos Caro

Paraná, 27 de octubre de 2014

Descargar XPS: http://cort.as/KUCg

 

 
Licencia de Creative Commons
Juana perdida by Carlos Caro is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-SinObraDerivada 4.0 Internacional License.
Creado a partir de la obra en https://carloscaro6.wordpress.com/.

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