Mes: octubre 2014

Evangelios

EvangeliosMe indicaron el callejón que partía a mitad de cuadra frente a la plaza seca de los Cuatro Ríos donde algunos edificios proyectaban una mezquina sombra y el resto se calcinaba. Efectivamente encuentro el estrecho pasaje como una pincelada negra entre las alegres fachadas. Qué notable. La calle adoquinada tiene dos pilones de viejo granito que la hacen intransitable para cualquier vehículo.

Algo timorato, comienzo a recorrerlo. Tiene su propio microclima, la temperatura desciende al menos cinco grados. Busco y encuentro la librería, con escaparates vacíos, la delata un desvaído cartel con una prensa que supongo proclama la mismísima de Gutenberg. Abro su puerta rechinante y me quedo ciego, inmóvil.

Al rato mis ojos se acostumbran, distingo en la penumbra un local de unos cinco metros de ancho pero larguísimo que tiene ambas paredes dedicadas a estanterías llenas de libros y son tan altas que en este atardecer interno, el techo es sólo una entelequia. Distingo algunas lagunas de luz, varias escaleras con rueditas y al final, lejos, un escritorio donde una lámpara me muestra dos inquietantes manos inmóviles, pacientes.

Me pongo en camino con desgano. La claridad del exterior intenta retenerme aferrándose con el calor a mis ropas. Aprovecho cada interludio de luz para atisbar los libros que habitan esos anaqueles. Hay tanto polvo y pátina del tiempo que algunos me parecen precolombinos o aún más antiguos del mundo entero, tan arcaicos…

Llego. —Buen día— me dice la sombra desde su reino—Tome asiento, por favor. Su nariz como un pico, su cabeza con apenas vestigios de cabellos, su largo, arrugado y enrojecido cuello le dan un aspecto de buitre que me intimida.

Me inclino y sí, hay un pequeño banco con un almohadoncito que alguna vez fue de gobelino escarlata y mullido. Me siento, respiro la melancolía del lugar y espero. Acomoda la luz y al fin vemos nuestros rostros.

Si algunos libros me parecieron pretéritos, este personaje debe haber venido, al menos como grumete, en la Santa María con Colón.

Se acerca para verme mejor, me echo para atrás sorprendido y él eleva una ceja en un gesto de muda interrogación.

—Estoy aquí por los evangelios— farfullo atolondrado—Increíblemente sus ojos se hacen más negros y penetrantes, me estudian de cabo a rabo.

—Supongo que no se refiere a los canónicos— afirma dando por sentado las elucubraciones que malamente trataba de esconder mi rostro.

—No, efectivamente me interesan los agnósticos, esos trece libros de papiro encontrados en 1945 en el Alto Egipto. Me han dicho que usted es un experto en ellos.

—Esas son habladurías que, lamentablemente, conlleva mi edad ¿Sabe que están escritos en copto? ¿En cuál específicamente está interesado?

—Bueno…, yo esperaba que me asesorara. He leído el de San Felipe y el de Tomás. Son tantos y sobre aspectos tan variados que no decido cuáles usar para darle colorido a los escritos de un amigo muy devoto. Sería como patear un hormiguero ya que su obra es un texto novelado de la vida y ambiente de Jesús el Nazareno. Es un estudioso del nuevo testamento y de la historia de ese período. Creo que sus conocimientos, acicateados por otros puntos de vista, podrían darle giros inesperados a su novela y, reconozco, aplacar las locas visiones que me persiguen desde que leí algunos de los capítulos de Tomás.

—Vuelva en unas semanas y le tendré algo— dijo apartando la luz. Y se fundió en la negrura reinante. Todavía encandilado di media vuelta y me dirigí a la entrada, iba tanteando el camino con pies prudentes y brazos al frente, con miedo de tropezar. Mientras recorría esa noche vislumbrando el atardecer del pasaje a través de la lejana vidriera, mi mente se adelantó en el tiempo.

Imaginé que me dirigía corriendo y trastabillando hacia nuestro desquiciado refugio donde cada uno representa en su alienación un personaje bíblico, tenemos varios Jesusees, Juanes y hasta Judas. Vi al más simple de nosotros, Pedro, arreglando una red, le pregunté por Jesús y me contestó riendo mientras ajustaba un nudo: — ¿Cuál Jesús? El hijo de José está arreglando un banco en la carpintería. ¿O te refrieres al salvador? Ese está cortando el césped del cementerio junto a Lázaro.

Atravesando con alivio la entrada de la extraña librería, pienso un momento en el evanescente evangelio de Tomás y me digo a mi mismo que no, el Jesús que busco es el desconocido compañero de María Magdalena.

 

Carlos Caro

Paraná, 24 de setiembre de 2014

 

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Receta para una fiesta

Encontré el CD que tanto te gustaba en una búsqueda descabellada leyendo las portadas de cientos de ellos, ordenados en prolijas pilas de diferentes alturas. Atestaban ese pequeño lugar y sólo distinguía las diferentes torres por el género: melódicos, jazz, caribeños, tangos, modernos y actuales. Esto me explica el extraño dúo que lleva adelante el negocio: los modernos terminan en el dos mil con el abuelo y los actuales comienzan en el dos mil trece con el nieto. Podrían esperarse desavenencias, pero no, y ambos parecen felices con el acuerdo.

No es un establecimiento que te gana por la estética. Descascaradas paredes de colores indistinguibles, polvo por doquier y laberínticos camino entre las pilas de CDs. Sin embargo, es el más conocido de la ciudad; si hay algún CD que te falte, allí estará, claro…, si lo encontrás. Para mí fue fácil ubicar el tuyo en melódicos, le agregué otros para que se sintiera acompañado, luego husmeé en modernos y conseguí varios de los Beatles.

Intento que todo sea como antaño, por eso, mientras no estás, he revisado todo, pulido la plata, limpiado la losa, lavado y planchado los manteles. También he preparado los candelabros y comprado velas, desempolvado ese bellísimo par de copas afiligranadas de oro, por si queremos hacerlo más íntimo.
En un frenesí imaginado de juventud, he recorrido la ciudad buscando las mejores viandas y los mejores vinos. Sé que falta mucho tiempo pero no puedo con mi ansiedad. Esta noche llego, pruebo y cambio de lugar las lámparas del living y las del comedor, quiero el tono de luz exacto. Cuando lo obtengo, me desplomo en un sillón y mis ojos despiertan en aquella noche.

Se conmemora con un gran baile una fecha patria. De estricta etiqueta, las mujeres de largo y los hombres de traje, chaleco, pañuelo y pequeña flor o escarapela en el ojal de la solapa. En cuando entramos, la luz te sonroja y te hace brillar entre las otras. Tu vestido, que ahora aletea y gira en la luz, no logra opacar tus ojos. Sigo con ansias lo profundo de tu escote en la espalda y me dejan sin aliento, empequeñecido, esos preciosos zapatos de altos tacos aguja. Todo da vueltas en trozos de charlas, canapés y champán. Es un barullo de flores multicolores que sonríen y charlan. Y que ya el alcohol me hace confundir.

Se aparta por fin la gente y suena el primer vals. Si hay algo que nos gusta es dejarnos ir girando sobre el parquet; dos, tres veces nos dejan disfrutar hasta que comienzan con los melódicos. Me abochorno porque mi brazo no sabe qué hacer con tu espalda tan desnuda y mis labios tiemblan al borde del beso junto a tu cálida mejilla. Nuevos ritmos vienen en mi ayuda y con su bailar separados reponen apenas mi auto dominio. La fiesta sigue en olas de febril actividad y otras de relativa calma.

Ya se juntan en los pasillos menos transitados los palotinos. Son, en general, jóvenes sin pareja que han bebido más allá del poder humano pero que, siendo de buenas familias, esto no se debe notar, por eso el mote, parecen palotes inertes; si les das un piquete en el ojo no lo sienten, ni siquiera intentes quitarle la copa de la mano y por mucho que quieras, tampoco pierden la verticalidad.

Regreso superponiendo las vistas de aquel salón y de mi casa. Me queda la duda de cómo sonará la música de modo que cargo tu CD en el equipo de música y, mientras ajusto el volumen y los graves, mis pies se mueven solos a su son. Ese fue el comienzo del horror: patino y casi caigo, revoleo el control remoto y, al ir en su búsqueda, bajo la cabeza y caen mis lentes. Por eso tomo el control al revés y hago sonar los cientos de watts de potencia que, imagino, tienen los parlantes. El aturdimiento me paraliza y sólo reacciono a los violentos golpes de los vecinos sobre la puerta. Apago todo y, más tarde, escarmentado, pienso que las pruebas del sonido solo las hare en horas de trabajo. No dejaré que esos esclavos de la rutina mengüen los sentimientos que revivirán nuestras canciones durante la fiesta.

Carlos Caro
Paraná, 13 de diciembre de 2014
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Normalienado

NormalienadoCreo que desperté, pero me encuentro encerrado en la oscuridad. Es la deducción que, con horror, descubre mi mente. El pánico se dispara y golpeo buscando certezas con los brazos hacia los dos lados. Pegan contra superficies duras pero con reminiscencias de maderas. Pateo hacia delante y si bien más fuerte, es lo mismo. Por detrás, al retroceder, caigo con un susto que saltea un latido de mi corazón, sobre un extraño banco y tras él, la misma pared de mi encierro.

Mis nervios se consumen estériles y, sin detectar peligro, la marea defensiva animal disminuye y solo permanece alerta ¿Dónde estoy? La oscuridad es tan completa que mi cerebro produce algunos chispazos inexistentes a través de mis nervios ópticos inútiles. No hay viento, brisa ni nada. El aire está quieto, como esperando. No hace frío ni calor. Me toco la cara para sentir que existo. Mis manos recorren mis ojos y mi nariz, rozan mis labios, también mis orejas y finalmente se entretejen con mi pelo.

Lo encuentro muy tranquilizador, me calma y trato de razonar. Increíblemente, solo recuerdo haber bajado escaleras, de las comunes y de las mecánicas, siempre para abajo. Antes…, no existió nada ni después tampoco ¿No recuerdo mi nombre? No, ni siquiera alguna parte de una vida. Lo debe provocar esta oscuridad que me obnubila en un eterno presente lleno de nada. No lo entiendo, no tengo temor y en su lugar, al contrario, me siento con entusiasmo como al inicio de unas vacaciones.

Tengo hambre y en mi mano derecha aparece una magnífica rodaja de queso untada con miel. Tal es el placer de ese mordisco que ni advierto la taza de café con leche hirviente que sostiene mi izquierda. Al beber un trago, todo ese calor me hace encontrar el sol, que busca lento cubrir todo el suelo, derramándose por la ventana.

Todo se apaga de golpe, un rumor se acrecienta. Siento que todo tiembla y algo enorme y sin formas pasa sobre mí. El miedo me agarrota; soy cristal y cualquier golpe me haría pedazos. Sin querer perder mis facetas, lo escucho alejarse como una hormiga que retiembla con cada paso del gigante que se aleja. Vuelve la calma, la añorada negrura, la segura celda que me recluye pero también me protege.

Mi mente queda en blanco o en negro, no lo sé. Queda suspendida como aquella vez. Tus labios de fuego se derritieron con los míos y tus brazos atraparon mi cuello. Estoy aquí y nos siento allí, paseando abrazados por las veredas o los verdes del pasto, es lo único que puedo ver aparte de tus ojos. Tus ojos, es allí donde estoy diluido, todo tiene su color y floto y me zambullo en el reflejo de tu alma.

Otra vez el temblor presentido, la angustia del terror que se acerca. Ahora enloquecedora pues parece regresar desde el lado contrario. Otra vez cristal, hormiga y hasta polvo. Soy el sedimento que deja esa tormenta. Un juguete olvidado, sentado en la oscuridad, es lo que queda inerte tras su paso.

Sin embargo, esta vez es distinto, oigo pasos, un clic automático y los fluorescentes parpadean desde el techo. Deslumbrado, pienso que me quedé dormido un instante en el habitáculo del baño. Con dos trabajos casi no tengo descanso. Me estrello contra la puerta, pues no advierto que abre hacia adentro. Estos tontos episodios ya me preocupan. Miro la hora y, desesperado, por los diez minutos de retraso, subo las escaleras de a dos o tres escalones por vez para poder tomar la siguiente formación del subterráneo y retomar así mi vida normal.

 

Carlos Caro

Paraná, 20 de junio de 2014

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