Evangelios

EvangeliosMe indicaron el callejón que partía a mitad de cuadra frente a la plaza seca de los Cuatro Ríos donde algunos edificios proyectaban una mezquina sombra y el resto se calcinaba. Efectivamente encuentro el estrecho pasaje como una pincelada negra entre las alegres fachadas. Qué notable. La calle adoquinada tiene dos pilones de viejo granito que la hacen intransitable para cualquier vehículo.

Algo timorato, comienzo a recorrerlo. Tiene su propio microclima, la temperatura desciende al menos cinco grados. Busco y encuentro la librería, con escaparates vacíos, la delata un desvaído cartel con una prensa que supongo proclama la mismísima de Gutenberg. Abro su puerta rechinante y me quedo ciego, inmóvil.

Al rato mis ojos se acostumbran, distingo en la penumbra un local de unos cinco metros de ancho pero larguísimo que tiene ambas paredes dedicadas a estanterías llenas de libros y son tan altas que en este atardecer interno, el techo es sólo una entelequia. Distingo algunas lagunas de luz, varias escaleras con rueditas y al final, lejos, un escritorio donde una lámpara me muestra dos inquietantes manos inmóviles, pacientes.

Me pongo en camino con desgano. La claridad del exterior intenta retenerme aferrándose con el calor a mis ropas. Aprovecho cada interludio de luz para atisbar los libros que habitan esos anaqueles. Hay tanto polvo y pátina del tiempo que algunos me parecen precolombinos o aún más antiguos del mundo entero, tan arcaicos…

Llego. —Buen día— me dice la sombra desde su reino—Tome asiento, por favor. Su nariz como un pico, su cabeza con apenas vestigios de cabellos, su largo, arrugado y enrojecido cuello le dan un aspecto de buitre que me intimida.

Me inclino y sí, hay un pequeño banco con un almohadoncito que alguna vez fue de gobelino escarlata y mullido. Me siento, respiro la melancolía del lugar y espero. Acomoda la luz y al fin vemos nuestros rostros.

Si algunos libros me parecieron pretéritos, este personaje debe haber venido, al menos como grumete, en la Santa María con Colón.

Se acerca para verme mejor, me echo para atrás sorprendido y él eleva una ceja en un gesto de muda interrogación.

—Estoy aquí por los evangelios— farfullo atolondrado—Increíblemente sus ojos se hacen más negros y penetrantes, me estudian de cabo a rabo.

—Supongo que no se refiere a los canónicos— afirma dando por sentado las elucubraciones que malamente trataba de esconder mi rostro.

—No, efectivamente me interesan los agnósticos, esos trece libros de papiro encontrados en 1945 en el Alto Egipto. Me han dicho que usted es un experto en ellos.

—Esas son habladurías que, lamentablemente, conlleva mi edad ¿Sabe que están escritos en copto? ¿En cuál específicamente está interesado?

—Bueno…, yo esperaba que me asesorara. He leído el de San Felipe y el de Tomás. Son tantos y sobre aspectos tan variados que no decido cuáles usar para darle colorido a los escritos de un amigo muy devoto. Sería como patear un hormiguero ya que su obra es un texto novelado de la vida y ambiente de Jesús el Nazareno. Es un estudioso del nuevo testamento y de la historia de ese período. Creo que sus conocimientos, acicateados por otros puntos de vista, podrían darle giros inesperados a su novela y, reconozco, aplacar las locas visiones que me persiguen desde que leí algunos de los capítulos de Tomás.

—Vuelva en unas semanas y le tendré algo— dijo apartando la luz. Y se fundió en la negrura reinante. Todavía encandilado di media vuelta y me dirigí a la entrada, iba tanteando el camino con pies prudentes y brazos al frente, con miedo de tropezar. Mientras recorría esa noche vislumbrando el atardecer del pasaje a través de la lejana vidriera, mi mente se adelantó en el tiempo.

Imaginé que me dirigía corriendo y trastabillando hacia nuestro desquiciado refugio donde cada uno representa en su alienación un personaje bíblico, tenemos varios Jesusees, Juanes y hasta Judas. Vi al más simple de nosotros, Pedro, arreglando una red, le pregunté por Jesús y me contestó riendo mientras ajustaba un nudo: — ¿Cuál Jesús? El hijo de José está arreglando un banco en la carpintería. ¿O te refrieres al salvador? Ese está cortando el césped del cementerio junto a Lázaro.

Atravesando con alivio la entrada de la extraña librería, pienso un momento en el evanescente evangelio de Tomás y me digo a mi mismo que no, el Jesús que busco es el desconocido compañero de María Magdalena.

 

Carlos Caro

Paraná, 24 de setiembre de 2014

 

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Evangelios by Carlos Caro is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-SinObraDerivada 4.0 Internacional License. Creado a partir de la obra en https://carloscaro6.wordpress.com/.

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