Autor: Carlos Caro

Vivo en Paraná, provincia de Entre Ríos en la República Argentina. Satisfecho Ingeniero Químico y hombre de negocios de diversa suerte. Hoy ya jubilado, desfachatado, intento narrar cuentos y transmitir mediante ellos lo que nunca podría “hablar”. Solo puedo esgrimir como antecedente el haber leído todo cuanto cayó en mis manos, he sido un roedor infatigable de librerías. Desde los clásicos hasta los prospectos completos de los remedios, práctica ya un poco abandonada por falta de las dioptrías necesarias. Nunca me hubiera atrevido sin el estímulo y las críticas de profesionales: mi esposa y su compañera de estudios. Todos nos conocimos hace cuarenta años cuando ellas estudiaban el Profesorado Universitario de Lengua y Literatura. Inquieto, me asombro de esta predestinación. Debo también mencionar en mi haber, el estilete afilado que es la mente de mi hija quien me sigue letra a letra y me alerta cuando no escribo lo que quería escribir.

Relatos desparejos, antología

Portada relatos desparejos

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Les presento mi quinta antología. Haciendo costumbre se corresponde con el blog que la sigue, al cual he reordenado para que quede en el mismo orden. Fueron escritos entre octubre y diciembre de 2014. No es la primera vez que escribo los cuentos interactuando con compañeros, amigos y público, tanto en el Blog como en las redes.
Ha sido y, sigue siendo, una experiencia inigualable y tremendamente divertida. Creo que he mejorado, o por lo menos, puedo afirmar que algo he aprendido. Agradezco cada comentario, crítica o propuesta. Todos, de una u otra manera, me han enseñado algo y me han dado ideas desparejas.
Como es habitual, el link de descarga les deja un comprimido que con doble clic (como indica el nombre) da una carpeta con los dos formatos más usados de libros electrónicos y un PDF.
Carlos Caro

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Evangelios

EvangeliosMe indicaron el callejón que partía a mitad de cuadra frente a la plaza seca de los Cuatro Ríos donde algunos edificios proyectaban una mezquina sombra y el resto se calcinaba. Efectivamente encuentro el estrecho pasaje como una pincelada negra entre las alegres fachadas. Qué notable. La calle adoquinada tiene dos pilones de viejo granito que la hacen intransitable para cualquier vehículo.

Algo timorato, comienzo a recorrerlo. Tiene su propio microclima, la temperatura desciende al menos cinco grados. Busco y encuentro la librería, con escaparates vacíos, la delata un desvaído cartel con una prensa que supongo proclama la mismísima de Gutenberg. Abro su puerta rechinante y me quedo ciego, inmóvil.

Al rato mis ojos se acostumbran, distingo en la penumbra un local de unos cinco metros de ancho pero larguísimo que tiene ambas paredes dedicadas a estanterías llenas de libros y son tan altas que en este atardecer interno, el techo es sólo una entelequia. Distingo algunas lagunas de luz, varias escaleras con rueditas y al final, lejos, un escritorio donde una lámpara me muestra dos inquietantes manos inmóviles, pacientes.

Me pongo en camino con desgano. La claridad del exterior intenta retenerme aferrándose con el calor a mis ropas. Aprovecho cada interludio de luz para atisbar los libros que habitan esos anaqueles. Hay tanto polvo y pátina del tiempo que algunos me parecen precolombinos o aún más antiguos del mundo entero, tan arcaicos…

Llego. —Buen día— me dice la sombra desde su reino—Tome asiento, por favor. Su nariz como un pico, su cabeza con apenas vestigios de cabellos, su largo, arrugado y enrojecido cuello le dan un aspecto de buitre que me intimida.

Me inclino y sí, hay un pequeño banco con un almohadoncito que alguna vez fue de gobelino escarlata y mullido. Me siento, respiro la melancolía del lugar y espero. Acomoda la luz y al fin vemos nuestros rostros.

Si algunos libros me parecieron pretéritos, este personaje debe haber venido, al menos como grumete, en la Santa María con Colón.

Se acerca para verme mejor, me echo para atrás sorprendido y él eleva una ceja en un gesto de muda interrogación.

—Estoy aquí por los evangelios— farfullo atolondrado—Increíblemente sus ojos se hacen más negros y penetrantes, me estudian de cabo a rabo.

—Supongo que no se refiere a los canónicos— afirma dando por sentado las elucubraciones que malamente trataba de esconder mi rostro.

—No, efectivamente me interesan los agnósticos, esos trece libros de papiro encontrados en 1945 en el Alto Egipto. Me han dicho que usted es un experto en ellos.

—Esas son habladurías que, lamentablemente, conlleva mi edad ¿Sabe que están escritos en copto? ¿En cuál específicamente está interesado?

—Bueno…, yo esperaba que me asesorara. He leído el de San Felipe y el de Tomás. Son tantos y sobre aspectos tan variados que no decido cuáles usar para darle colorido a los escritos de un amigo muy devoto. Sería como patear un hormiguero ya que su obra es un texto novelado de la vida y ambiente de Jesús el Nazareno. Es un estudioso del nuevo testamento y de la historia de ese período. Creo que sus conocimientos, acicateados por otros puntos de vista, podrían darle giros inesperados a su novela y, reconozco, aplacar las locas visiones que me persiguen desde que leí algunos de los capítulos de Tomás.

—Vuelva en unas semanas y le tendré algo— dijo apartando la luz. Y se fundió en la negrura reinante. Todavía encandilado di media vuelta y me dirigí a la entrada, iba tanteando el camino con pies prudentes y brazos al frente, con miedo de tropezar. Mientras recorría esa noche vislumbrando el atardecer del pasaje a través de la lejana vidriera, mi mente se adelantó en el tiempo.

Imaginé que me dirigía corriendo y trastabillando hacia nuestro desquiciado refugio donde cada uno representa en su alienación un personaje bíblico, tenemos varios Jesusees, Juanes y hasta Judas. Vi al más simple de nosotros, Pedro, arreglando una red, le pregunté por Jesús y me contestó riendo mientras ajustaba un nudo: — ¿Cuál Jesús? El hijo de José está arreglando un banco en la carpintería. ¿O te refrieres al salvador? Ese está cortando el césped del cementerio junto a Lázaro.

Atravesando con alivio la entrada de la extraña librería, pienso un momento en el evanescente evangelio de Tomás y me digo a mi mismo que no, el Jesús que busco es el desconocido compañero de María Magdalena.

 

Carlos Caro

Paraná, 24 de setiembre de 2014

 

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Receta para una fiesta

Encontré el CD que tanto te gustaba en una búsqueda descabellada leyendo las portadas de cientos de ellos, ordenados en prolijas pilas de diferentes alturas. Atestaban ese pequeño lugar y sólo distinguía las diferentes torres por el género: melódicos, jazz, caribeños, tangos, modernos y actuales. Esto me explica el extraño dúo que lleva adelante el negocio: los modernos terminan en el dos mil con el abuelo y los actuales comienzan en el dos mil trece con el nieto. Podrían esperarse desavenencias, pero no, y ambos parecen felices con el acuerdo.

No es un establecimiento que te gana por la estética. Descascaradas paredes de colores indistinguibles, polvo por doquier y laberínticos camino entre las pilas de CDs. Sin embargo, es el más conocido de la ciudad; si hay algún CD que te falte, allí estará, claro…, si lo encontrás. Para mí fue fácil ubicar el tuyo en melódicos, le agregué otros para que se sintiera acompañado, luego husmeé en modernos y conseguí varios de los Beatles.

Intento que todo sea como antaño, por eso, mientras no estás, he revisado todo, pulido la plata, limpiado la losa, lavado y planchado los manteles. También he preparado los candelabros y comprado velas, desempolvado ese bellísimo par de copas afiligranadas de oro, por si queremos hacerlo más íntimo.
En un frenesí imaginado de juventud, he recorrido la ciudad buscando las mejores viandas y los mejores vinos. Sé que falta mucho tiempo pero no puedo con mi ansiedad. Esta noche llego, pruebo y cambio de lugar las lámparas del living y las del comedor, quiero el tono de luz exacto. Cuando lo obtengo, me desplomo en un sillón y mis ojos despiertan en aquella noche.

Se conmemora con un gran baile una fecha patria. De estricta etiqueta, las mujeres de largo y los hombres de traje, chaleco, pañuelo y pequeña flor o escarapela en el ojal de la solapa. En cuando entramos, la luz te sonroja y te hace brillar entre las otras. Tu vestido, que ahora aletea y gira en la luz, no logra opacar tus ojos. Sigo con ansias lo profundo de tu escote en la espalda y me dejan sin aliento, empequeñecido, esos preciosos zapatos de altos tacos aguja. Todo da vueltas en trozos de charlas, canapés y champán. Es un barullo de flores multicolores que sonríen y charlan. Y que ya el alcohol me hace confundir.

Se aparta por fin la gente y suena el primer vals. Si hay algo que nos gusta es dejarnos ir girando sobre el parquet; dos, tres veces nos dejan disfrutar hasta que comienzan con los melódicos. Me abochorno porque mi brazo no sabe qué hacer con tu espalda tan desnuda y mis labios tiemblan al borde del beso junto a tu cálida mejilla. Nuevos ritmos vienen en mi ayuda y con su bailar separados reponen apenas mi auto dominio. La fiesta sigue en olas de febril actividad y otras de relativa calma.

Ya se juntan en los pasillos menos transitados los palotinos. Son, en general, jóvenes sin pareja que han bebido más allá del poder humano pero que, siendo de buenas familias, esto no se debe notar, por eso el mote, parecen palotes inertes; si les das un piquete en el ojo no lo sienten, ni siquiera intentes quitarle la copa de la mano y por mucho que quieras, tampoco pierden la verticalidad.

Regreso superponiendo las vistas de aquel salón y de mi casa. Me queda la duda de cómo sonará la música de modo que cargo tu CD en el equipo de música y, mientras ajusto el volumen y los graves, mis pies se mueven solos a su son. Ese fue el comienzo del horror: patino y casi caigo, revoleo el control remoto y, al ir en su búsqueda, bajo la cabeza y caen mis lentes. Por eso tomo el control al revés y hago sonar los cientos de watts de potencia que, imagino, tienen los parlantes. El aturdimiento me paraliza y sólo reacciono a los violentos golpes de los vecinos sobre la puerta. Apago todo y, más tarde, escarmentado, pienso que las pruebas del sonido solo las hare en horas de trabajo. No dejaré que esos esclavos de la rutina mengüen los sentimientos que revivirán nuestras canciones durante la fiesta.

Carlos Caro
Paraná, 13 de diciembre de 2014
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Normalienado

NormalienadoCreo que desperté, pero me encuentro encerrado en la oscuridad. Es la deducción que, con horror, descubre mi mente. El pánico se dispara y golpeo buscando certezas con los brazos hacia los dos lados. Pegan contra superficies duras pero con reminiscencias de maderas. Pateo hacia delante y si bien más fuerte, es lo mismo. Por detrás, al retroceder, caigo con un susto que saltea un latido de mi corazón, sobre un extraño banco y tras él, la misma pared de mi encierro.

Mis nervios se consumen estériles y, sin detectar peligro, la marea defensiva animal disminuye y solo permanece alerta ¿Dónde estoy? La oscuridad es tan completa que mi cerebro produce algunos chispazos inexistentes a través de mis nervios ópticos inútiles. No hay viento, brisa ni nada. El aire está quieto, como esperando. No hace frío ni calor. Me toco la cara para sentir que existo. Mis manos recorren mis ojos y mi nariz, rozan mis labios, también mis orejas y finalmente se entretejen con mi pelo.

Lo encuentro muy tranquilizador, me calma y trato de razonar. Increíblemente, solo recuerdo haber bajado escaleras, de las comunes y de las mecánicas, siempre para abajo. Antes…, no existió nada ni después tampoco ¿No recuerdo mi nombre? No, ni siquiera alguna parte de una vida. Lo debe provocar esta oscuridad que me obnubila en un eterno presente lleno de nada. No lo entiendo, no tengo temor y en su lugar, al contrario, me siento con entusiasmo como al inicio de unas vacaciones.

Tengo hambre y en mi mano derecha aparece una magnífica rodaja de queso untada con miel. Tal es el placer de ese mordisco que ni advierto la taza de café con leche hirviente que sostiene mi izquierda. Al beber un trago, todo ese calor me hace encontrar el sol, que busca lento cubrir todo el suelo, derramándose por la ventana.

Todo se apaga de golpe, un rumor se acrecienta. Siento que todo tiembla y algo enorme y sin formas pasa sobre mí. El miedo me agarrota; soy cristal y cualquier golpe me haría pedazos. Sin querer perder mis facetas, lo escucho alejarse como una hormiga que retiembla con cada paso del gigante que se aleja. Vuelve la calma, la añorada negrura, la segura celda que me recluye pero también me protege.

Mi mente queda en blanco o en negro, no lo sé. Queda suspendida como aquella vez. Tus labios de fuego se derritieron con los míos y tus brazos atraparon mi cuello. Estoy aquí y nos siento allí, paseando abrazados por las veredas o los verdes del pasto, es lo único que puedo ver aparte de tus ojos. Tus ojos, es allí donde estoy diluido, todo tiene su color y floto y me zambullo en el reflejo de tu alma.

Otra vez el temblor presentido, la angustia del terror que se acerca. Ahora enloquecedora pues parece regresar desde el lado contrario. Otra vez cristal, hormiga y hasta polvo. Soy el sedimento que deja esa tormenta. Un juguete olvidado, sentado en la oscuridad, es lo que queda inerte tras su paso.

Sin embargo, esta vez es distinto, oigo pasos, un clic automático y los fluorescentes parpadean desde el techo. Deslumbrado, pienso que me quedé dormido un instante en el habitáculo del baño. Con dos trabajos casi no tengo descanso. Me estrello contra la puerta, pues no advierto que abre hacia adentro. Estos tontos episodios ya me preocupan. Miro la hora y, desesperado, por los diez minutos de retraso, subo las escaleras de a dos o tres escalones por vez para poder tomar la siguiente formación del subterráneo y retomar así mi vida normal.

 

Carlos Caro

Paraná, 20 de junio de 2014

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Paredes de aire

Paredes de aireEn cuanto desperté, supe con seguridad que seguía soñando. El tiempo iba y venía a su antojo, ya estaba frente al espejo del baño o aún no abandonaba la cama. En un instante, sin mediar un suspiro, me hallé frente al ventanal del jardín, me adentré en él con un ramalazo de desconfianza. Se veía tan extraño, todo gris y apagado; imaginé dentro de mi ensueño que apenas estaba rayando el alba. A su vez, sentí que algo giraba a mí alrededor. Con sorpresa y un poco más de luz, me vi rodeado de paredes de aire que se elevaban sin fin hasta el cielo sin matices y uniforme.

Me encontraba, sin saber por qué, en el ojo de un extraño e inventado tornado. En realidad era un fenómeno solo mío, no extendía sus efectos al resto del mundo. Poco a poco pareció amanecer. La vida palpitaba detrás de ese muro translúcido. Vi retazos de verde y explosiones de colores. Cuanto más fijaba la vista, más borrosa se hacía. Sin embargo, mirando de reojo, fuera de foco y de soslayo, podía ver mis plantas y mis flores festejar la gloria de un nuevo día radiante. También aguerridas calandrias que cruzaban, impertérritas, ese círculo mágico. Prudentes y pequeños gorriones piaban detrás de las paredes. Reconociendo el lugar, por fin me tranquilicé y me dejé llevar por el susurro del viento circular junto a la cacofonía de los pájaros.

Mis oídos navegaban en notas cada vez más altas y brillantes. En un momento fueron un clarinete, un oboe y un fagot que, como sus preferidos, entretejían sus melodías al dictado de Mozart. Sigo con un obstinado y repetido do mayor en el in crescendo instrumental del Bolero de Ravel. El paroxismo de su final me deposita alienado en el cuarto movimiento de la novena sinfonía de Beethoven. Ese coro que estalla con la Oda a la Alegría me disuelve, me hermana y me une a la humanidad de ahora y de siempre. Sin entender, caigo de rodillas ante la brillantez de los agudos de la soprano entre sopranos: María Callas, “La Divina”, que recupero el bel canto. Me estremezco, ante la potencia del pecho sin par de Pavarotti y derramo lágrimas de amor mientras me acaricia con “Nessun Dorma” en el que me parece el más italiano de los dialectos. Todos están muertos y sin embargo son inmortales. Me hacen parte de una raza y una cultura. Me trascienden y trasciendo tratando de llenar aunque más no sea uno de sus zapatos.

Seguramente, durante mi escucha, he cerrado los ojos sin darme cuenta. Al advertirlo, los reabro muy lentamente, como temiendo que me inunden de imágenes. El sol casi ha completado su diario ciclo y las paredes de aire, ya inútiles, han desaparecido. Al reconocer cada nota, cada una de ellas imaginada en la naturaleza que me rodea, me asombro y me sobresalto.

Con agitación, abro la cortina del dormitorio; temí que no fuera mi casa, que no fuera mi jardín. Me encontré con un cielo gris lleno de nubes. Ni el menor rastro de ningún sol. Solo una lluvia aburrida, inexorable y tan vertical como deprimente.

No quise vivir ese día. Me negué a sufrir su aplastante realidad. Solo se me ocurrió un remedio, de modo que mientras me arrebujaba entre las mantas, desperté con los mejores anhelos otra vez dentro de mi sueño.

 

Carlos Caro

Paraná, 16 de septiembre de 2014

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Juana perdida

Realmente no sé qué hacer, debo escapar de la depresión que me acecha. En este paisaje alejado del hombre, mi conciencia se libera: puedo ver los errores propios y la malicia ajena, puedo sentirme culpable aun cuando no cargo la más mínima culpa y puedo entender su dolor al cual el mío apenas refleja y olvida.

La proa discrimina en dos el agua que quiere oponerse e impedir su paso, la levanta, la agita y la devuelve en olas de espuma. El rumor del pequeño motor que impulsa el bote invita al sueño. Su eco, sin obstáculos que lo devuelvan, hecho costumbre, se vuelve silencio. Adormilado bajo un cielo sin nubes, una de mis manos, lánguida quiere huir con la corriente y ese es el problema de navegar en su contra. Con esfuerzo desvío los ojos dentro de las mezquinas ranuras que forman mis párpados, el paisaje apenas ha variado. Es un paralelo de la propia vida: nos avasalla con el poder de la corriente que intentamos resistir y demenciados creemos estar en el mismo lugar, ser los mismos que cuando todo comenzaba.

Pese al calor, he resistido la tentación de quitarme el jogging, el sol está tan fuerte que en minutos parecería una guinda madura. Cada tanto me arrojo al agua y luego dejo que la brisa me refresque al secarme. Por suerte, junto a aparejos de pesca, encontré en el fondo un deforme sombrero de fieltro cuyas alas, al mojarlas, protegen mi cabeza y cuello.

Salgo apresurado del canal; de frente, tres enormes barcazas unidas entre sí a lo largo, llenas hasta el borde de cereales o de soja, se precipitan con la inmutabilidad de un tren a toda marcha.

Me acerco al lugar que busco y lo siento como un refugio, los tres cables de alta tensión que cruzan altos sobre el agua en el lugar más angosto me lo advierten. Este estrechamiento es un sitio especial. Presto mucha atención para evitar las latas multicolores con las que los pescadores sostienen sus largas líneas de anzuelos, las que recorren cuando atardece mientras recogen los pescados que proveen su alimento y sustento.

Al divisar en la costa el lugar esperado, cambio el rumbo, apago el motor y dejo que el bote se desdice sobre el borde de arena, me descalzo y me sumerjo hasta la cintura para vararlo más aún, no quiero que se lo lleve la correntada. Busco una sombra amable bajo los sauces, ahora sí me quito el jogging que me sirve de almohada y abstraído me apodero de la brisa y el silencio.

Juana fue empeorando en su locura, creía seguir con él, aumentaba las dosis de sus psicotrópicos para después tambaleándose, lamentar su abuso. Nunca se recuperó de ese largo calvario lleno de policías y médicos que, con su encallecido profesionalismo nos consolaron. Nunca pudimos olvidar el chirrido de los frenos ni ese golpe sordo y definitivo que se lo llevó y que se agiganta, como pesadilla, cada noche. Creí que el tiempo aplacaría la llaga, pero, dejó de vestirse, de comer, de hablar y ni siquiera yo tenía cabida en ese mundo de tinieblas donde lo buscaba.

Por suerte encontré a Rosa y nos hicimos cargo de las tareas diarias y de su cuidado, era como vivir en un eterno crepúsculo, sin risas ni esperanzas hasta que algo cambiara. Me puse de acuerdo con ella para tomarme el día, poner en orden mi rumbo y mis ideas.

Regresé a media tarde, hecho un desastre y con los mismos  conflictos, grité al pasar un saludo y me encerré con Juana en el dormitorio. Las cortinas cerradas me hablaron de su deseo de desaparecer, pastillas desparramadas con desesperación por doquier, me explicaron tanto la cama como su camisón desarreglados. En el baño, lo mismo: toallas húmedas, maquillajes abandonados y espejos torcidos. Me duché y agotado me acosté a su lado, la abracé con desolación, negándome a dejarla ir. En su sopor químico sonrió, acaricié su cara y desenredé su pelo; se rio con algarabía, imaginé contento que era por alguno de mis chistes. Abrió sus ojos alegres y nos encontramos bailando en aquel secreto balcón.

Me deje engañar por las sombras, ve a través de mí y la mirada se hace de vidrio, lo busca a él. No importa Juanita, donde sea que lo encuentres, estaré contigo.

 

Carlos Caro

Paraná, 27 de octubre de 2014

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Escudo de memorias

Hoy viviré con mis recuerdos, cierro los ojos y me encuentro pisando la arena caliente, rodeado de dunas coronadas por pilosas hierbas rendidas al viento del mar. Sé que es él, por su olor característico y el machacar infinito de las olas, cuya espuma, imagino, ya cosquillea entre mis pies. Bronceado por un sol veraniego, oigo los chillidos que, con desparpajo y como dueñas, producen las gaviotas; también oigo voces familiares que me llaman. Acudo, pierdo fuerzas en cada paso que se hunde y se desanda en la ladera de la duna hasta que llego a su cima.

Sorprendido, me encuentro con la corriente poderosa del río. En sus márgenes sencillas y sin ondas la arena se mezcla con el barro que transporta la tierra de mil confines lejanos y exóticos. Un niño se apresura para cebar su “mojarrero”. Lo miro divertido; supongo que ayer lo armó con apenas algo más de un metro de fina caña, otro tanto de hilo de nylon y el más minúsculo de los anzuelos. Con suerte de principiante, está en medio de un inesperado cardumen. Las mojarritas, encantadas, acuden en tropel al llamado de su flauta mágica.

Me abstraigo con el veloz pasar de la corriente; la gran boya naranja anclada al fondo baila su eterna danza del vientre mientras hace sonar somnolienta su campana que marca así el canal principal. También me distraen los islotes, más verdes, más pequeños o más arenosos; según les haya susurrado la luna a los meandros, mientras los besaba con ardor y nos engañaba con su lividez durante la noche. Sin pensar sigo las costumbres rivereñas, contesto la grave y profunda sirena de una embarcación con un exagerado saludo de mi mano y la persigo distraído hasta que se pierde en el próximo recodo.

Me despabilo sentado en uno de los bancos de la plaza. Intuyo que es la hora de la siesta y los rayos implacables me llegan apenas como brillos cambiantes bajo el resguardo de una añeja copa que se mece en la brisa. Todo es silencio y soledad, no hay gente ni autos, ni siquiera un perro extraviado. La plaza vuelve a ser mía como lo fue en mi adolescencia. Antes que, descuidado por seguir unos ojos verdes, me la dejé arrebatar por la ciudad.

Vuelvo a extrañar los acordes de la banda de la policía, que acompañaban los domingos. Veo más grande el pedestal y la estatua ecuestre de San Martín sin entender el color verde de su bronce. De pequeño me contaron la creencia popular de que el índice del prócer apunta hacia los Andes. Sin embargo, mis años me indican extrañas y desconcertantes contradicciones: ¿Qué fue primero? ¿La Plaza o el Monumento? Ya que la paralela alineación de sus lados nos habla de oscuros sortilegios, o de una visión premonitoria de aquellos primeros ediles, francamente incomparable.

Me encandila (supongo que ese es su objeto) el blanco puro de la catedral. Solo parecen moverse, llenas de vida, las molduras de su clásica fachada. De vez en cuando una inquieta paloma cambia de lugar y provoca un oleaje de reacomodamientos. Mis ojos se levantan, siguen su cúpula y se pierden en el celeste que la enmarca.

Ha amanecido sin sol, sin colores ni calor. Mi ánimo se derrumba bajo esa cubierta nubosa. Vivo estos días dentro de pasajes que apenas translucen y los recorro sin ton ni son. Como un perro con el pelaje mojado, me sacudo esta taciturna realidad en mil gotas de olvido que le hacen lugar a mis historias.

Hoy sé que crucé una línea. Una sonrisa de desdén y  revancha asoma entre mis dientes. Seguramente, son muchas más mis memorias que los días cubiertos que me restan vivir en este mundo. Vengan, pues, días odiosos, los espero con una carcajada y mi escudo forjado con mis más viejos y mejores recuerdos.

 

Carlos Caro

Paraná, 5 de octubre de 2014

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Sueños extraños

Soy un gato que expongo mi claro vientre a la borrachera del sol. Veo mis párpados rosados por traslucir su fuerza. Si los abro apenas, se cuela su fulgor y me ciega de inmediato. Repito una y otra vez este juego como probando mi poder. Siento que mi cuerpo ya arde, cuando me entibia la brisa. He escalado hasta la azotea para que el clásico desdén que me endilgan sea tranquilidad ¿Por qué no? En esta ceguera feliz, puedo ser quienquiera o estar donde sea.

El césped me cosquillea el cuello y eso basta para que me encuentre corriendo detrás de la pelota en la cancha de fútbol. Estoy solo frente al arco desguarnecido, ni Messi lo hubiera hecho mejor. Sin embargo, una sombra cruza mi camino; es ese enorme y mal nacido de Julián quien se ha lanzado como una locomotora barriendo el suelo con sus piernas. Me aterrorizo y salgo de su camino, perdiendo así la pelota ¡No es justo! No demuestra la menor habilidad solo fuerza bruta. Es tal mi furia por tan descarada falta, que lo olvido todo y ya camino tranquilo por las veredas.

Voy jugando una extraña rayuela saltando, sobre uno o ambos pies, entre algunas baldosas rotas. Se alarga y ansío coronarla al llegar a su cielo, que para mí es la morada de Violeta. Visito, entonces, los canteros de cada árbol y reúno un desparejo ramo de nomeolvides y otra flores chiquitas que no me acuerdo cómo se llaman. Me faltan unos pocos metros pero mi ánimo titubea; sobre los escalones que llevan a su casa está sentada esa chismosa de Juana. Con su tonito altanero le anuncia mi visita. Como dice mi papá: su desprecio y enojo deben ser síntoma de envidia ¿Por mí? Nunca me consideré nada especial.

La sonrisa de Violeta ilumina el zaguán y sus ojos hacen empalidecer los colores de las mayólicas que, exaltadas, brillan y luchan por su prestigio. Por supuesto, a mi lengua es como si le hubieran puesto un candado y sólo acierto con movimientos temblorosos a ofrecerle el pequeño ramo. Cuando lo toma entre sus manos, siento, engreído, que me mira enamorada. Pese a mi orgullo de galán, en un flash que adelanta el futuro veo que ella no será al fin mi sino.

La imaginación sigue girando y de nuevo tengo pelaje, con maniaca tozudez mi áspera lengua lo pone en orden. Haciendo gala de mi natural equilibrio, bordeo las medianeras y cruzo audaz los tapiales. Vigilo y espío indiscreto lo que ocurre en mi territorio, sin embargo, en la ciudad son tantos los territorios que hasta mi brújula flaquea

Otra vez acostado sobre algún césped una mariposa molesta investiga mi oreja. Mis párpados y la luz son los mismos, aunque no mi cuerpo ni mis sueños, que desaparecen como en una nube de humo. Suenan mis huesos y vacilan mis músculos al levantarme. “Los años no vienen solos”, refranéo resignado, pero no dejaré de soñar a mi antojo por esos pequeños detalles.

 

Carlos Caro

Paraná, 7 de octubre de 2014

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Tres vidas o seis horas

3 vidas o 6 hsEn cuanto advirtieron que desperté, se pusieron en marcha. Me han lavado, afeitado y vestido en un santiamén; ya estoy reclinado en el cómodo sillón junto al ventanal. El vidrio congelado me da frío, voy a reclamar pero alguien atento se adelanta y me cubre con una manta.

Es como estar dormido en un teatro justo antes de que empiece el espectáculo. La catarata de uno de mis ojos se ha hecho dueña de ese mundo gris que precede al amanecer. No hay cielo ni tierra en el alba infinita, apenas algunos árboles sospechados y nada que parezca ni remotamente humano. Mi soledad me impulsa a perderme en esa bruma cuando una claridad que crece me alerta. Contento presiento sus rayos, cierro los ojos y ya me queman.

Me retiene, firme, la mano de mamá. Lucho y tironeo con su titánica figura y hasta quiero golpearla con el pequeño balde azul de plástico que sostengo apenas con mi otra mano. Quiero correr hacia ese desconocido y enorme lugar, tan lleno de un agua que, por lo extraña, es distinta. Se mueve, parece loca. Primero se hincha y crece, así se arroja contra la arena para conquistarla y luego, cuando lo ha logrado, arrepentida, retrocede. Esa locura permanente produce un arrullo que me calma, pienso que el tiempo no importa y que siempre lo seguirá intentando. Ahora es mamá la que tira de mí y me obliga a pisar su orilla. El primer contacto de espuma, imperceptible, me alienta y con arrojo me adentro unos pasos

¡Viene tan rápido! ¿Estará muy fría? Estoy por huir, angustiado, cuando su mano me detiene y me infunde una tibia confianza. Finalmente, el choque fue de otro mundo. Mis piernas aún lo recuerdan y también mi mente.

Recuerda la sorpresa, el aliento contenido y el temor de que siguiera subiendo. Recuerda la parálisis, la inconsciencia y el amor instantáneo. Me sentí parte de ella y ella de mí. Cuando retrocedió, pensé que quería llevarme, que no me dejaría. Estaba dispuesto a seguirla pero ella, sabia, fue hundiendo mis pies en la arena mientras se iba, para impedirlo. Sin embargo ya nos reconocíamos y, segundos después, regresó como amiga.

No fue por la piel arrugada de mis manos y mis pies que mamá me apartó de allí. Me apartó por el resto de esa misma piel que había tomado un peligroso tinte colorado. Cuánto me hizo sufrir esa quemazón, no hubo pomada que la calmara. Ese ignorado sentido del tacto es tan poderoso que puede sumirnos en la locura del dolor o en el éxtasis del amor. Ninguno de los otros llega a tales extremos entre la vigilancia protectora y el premio de lo seguro. Pero eso vino después, mientras caminábamos con mamá hacia la sombrilla. Recuerdo que giré mi cabeza para ver de nuevo el agua y sobre ella fotografié en mi cerebro las gaviotas.

El viento sustenta mis alas. Me tambaleo sobre una cuerda invisible. Sin moverme, me mantengo encima del pez que acecho. Cada tanto emito un grito de alerta. Les advierto que voy tras esa presa; sería suicida caer dos al mismo tiempo sobre ella.

Allá voy, acelero en la caída, planeo a flor de agua y entreabro el pico anhelante. Burlada, grito de hambre y frustración al aletear rápido para recobrar altura. Hace horas que pruebo. El mar hoy me parece vacío y decido adentrarme en la costa. Todo ese verde en lugar del acostumbrado azul ya no me confunde, sé que aquí soy una carroñera del hombre.

Veo un claro en el paisaje junto a una de sus construcciones. Bajo para explorar. Todo parece tranquilo y sin peligros. Al girar, de pronto, veo sus ojos que se clavan en mí; el pánico está por estallar pero no se ha movido, sólo me mira. Menos preocupada, yo también me fijo en sus ojos y pienso que los humanos se parecen a las hormigas; incansables, modelan el entorno pero su poder es tan inmenso que nos afecta a todos ¿Cómo sería ser así?

El revoloteo final de la partida me saca de mi estupor. Perdido, ni siquiera me di cuenta del tiempo. Me parecen horas las que pasé mirando los ojos de esa extraña gaviota. Sentí que podía volar sobre el mar y la tierra, sentí que podía… Pura ilusión. Es increíble lo reales que parecen estas memorias implantadas. El recuerdo de mamá me encantó pero el de la gaviota es poco verosímil, estoy a más de ochocientos kilómetros del mar. Lo único real que me ha dejado es el hambre. El sol me confirma el mediodía y mi sonrisa se adelanta a mi gula mientras espero que las máquinas me lleven a almorzar.

 

Carlos Caro/LV

Paraná, 17 de mayo de 2014

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Miradas sin paralelos

Mi día empezó con desgano. En la oscuridad del dormitorio me negaba a mirar el exterior ¿Qué podría traer de bueno o distinto un nuevo número del almanaque? Sin embargo, un prófugo rayo de sol se coló a través de mi coraza de desánimo, me habló de luz y de vientos, de aromas y de vida, me impulsó a abrirle mi corazón a una nueva esperanza. Y, como si la cantidad bastara, la realidad brotó y se multiplicó en dos desayunos y dos almuerzos. Mi corazón te recordó con pesar; evoqué tus ojos, tu inefable sonrisa y cambié, sin saber cuál, una de las velas que trémulas me señalan tu retrato.
Un amanecer de dos soles me habla de mi insania, los ojos me engañan y yo… me sumerjo en ella como si la hubiera estado esperando anhelante. Los edificios se hunden, regresan a la tierra y el río vuelve a ser sorpresa de desquiciados y limpios espejos. Corre otra vez, leonado e infinito, fuente de vida, en lugar de resignado resumidero del hombre. Las colinas de alrededor recuperan sus verdes y ocres y sanan las mil heridas de los caminos que por años le fueron impuestas con una porfiada cuadrícula.
Me pregunté ¿Por qué hoy, por qué ahora? Medité alguna respuesta pero, sin hallarla, solo inspiré el aire puro, me llené de colores y me confundí con el celeste del cielo. Quise escribirlo todo, pero mis letras tropezaban una y otra vez confundiendo los renglones. Mi alma, aunque arrepentida, cargaba con demasiados desaciertos, rencores olvidados y enjugadas lágrimas. Miré alrededor e increíblemente después de tantos siglos pasados, nuevamente no encontré a nadie que con merecimiento pudiera arrojar la primera piedra.
Corté gardenias blancas del jardín e imaginé las chispas de amor en tus ojos. También recorrí, alguna de ambas veredas que, con desazón me llevaban hacia el cementerio, hacia tu inapelable tumba. En mi camino me crucé con vecinos, quienes repetidos se hacían eco de mi dolor en el más triste de los pesares. Me acompañaron ¿Cómo no?, un par de calandrias y un par de zorzales; además, para completar ese cortejo, se les unieron un par de desdibujados gorriones mudos.
Atravesé zonas desiertas y otras llenas de gente que con su bullicio machacan en mi alma, tanto pesar y tanto silencio. Me decidí entre esas lápidas anónimas y redundantes con mis ojos anegados en lágrimas, por la de las flores marchitas, esas que reemplacé por las nuevas y vigorosas. Me senté a tu lado, te hablé de mis días vacíos y de mi virtual ceguera entre las multitudes donde solo buscaba tu imposible figura. Además, me quejé como siempre de mis melancólicos encierros y de mi perseguirte inútilmente en tus rincones preferidos.
Abatido, al alargarse las sombras del atardecer, siento que volverás desde los rojos rayos de los soles que se hunden en el fin del mundo. Así completo mis días, con una cena insípida, al faltarle tu sazón. Si el frío lo amerita prendo el hogar, si no, me acerco a la biblioteca y busco en los anaqueles los libros de poemas.
Elijo el que solías leerme en un rito compartido, el más ajado, el que más conserva de vos. Encuentro el que con más deleite te divertía recitarme: me coloco los lentes que corrigen mi doble visión y así, las borrosas páginas toman la fuerza de una única poesía. Al fin me acomodo y, rememorando tu fina ironía la vuelvo a leer: “Esos, tus ojos tan hermosos que por extraños y singulares no consigo escrutar…”

 

Carlos Caro

Paraná, 30 de septiembre de 2014

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