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Relatos desparejos, antología

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Les presento mi quinta antología. Haciendo costumbre se corresponde con el blog que la sigue, al cual he reordenado para que quede en el mismo orden. Fueron escritos entre octubre y diciembre de 2014. No es la primera vez que escribo los cuentos interactuando con compañeros, amigos y público, tanto en el Blog como en las redes.
Ha sido y, sigue siendo, una experiencia inigualable y tremendamente divertida. Creo que he mejorado, o por lo menos, puedo afirmar que algo he aprendido. Agradezco cada comentario, crítica o propuesta. Todos, de una u otra manera, me han enseñado algo y me han dado ideas desparejas.
Como es habitual, el link de descarga les deja un comprimido que con doble clic (como indica el nombre) da una carpeta con los dos formatos más usados de libros electrónicos y un PDF.
Carlos Caro

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Paredes de aire

Paredes de aireEn cuanto desperté, supe con seguridad que seguía soñando. El tiempo iba y venía a su antojo, ya estaba frente al espejo del baño o aún no abandonaba la cama. En un instante, sin mediar un suspiro, me hallé frente al ventanal del jardín, me adentré en él con un ramalazo de desconfianza. Se veía tan extraño, todo gris y apagado; imaginé dentro de mi ensueño que apenas estaba rayando el alba. A su vez, sentí que algo giraba a mí alrededor. Con sorpresa y un poco más de luz, me vi rodeado de paredes de aire que se elevaban sin fin hasta el cielo sin matices y uniforme.

Me encontraba, sin saber por qué, en el ojo de un extraño e inventado tornado. En realidad era un fenómeno solo mío, no extendía sus efectos al resto del mundo. Poco a poco pareció amanecer. La vida palpitaba detrás de ese muro translúcido. Vi retazos de verde y explosiones de colores. Cuanto más fijaba la vista, más borrosa se hacía. Sin embargo, mirando de reojo, fuera de foco y de soslayo, podía ver mis plantas y mis flores festejar la gloria de un nuevo día radiante. También aguerridas calandrias que cruzaban, impertérritas, ese círculo mágico. Prudentes y pequeños gorriones piaban detrás de las paredes. Reconociendo el lugar, por fin me tranquilicé y me dejé llevar por el susurro del viento circular junto a la cacofonía de los pájaros.

Mis oídos navegaban en notas cada vez más altas y brillantes. En un momento fueron un clarinete, un oboe y un fagot que, como sus preferidos, entretejían sus melodías al dictado de Mozart. Sigo con un obstinado y repetido do mayor en el in crescendo instrumental del Bolero de Ravel. El paroxismo de su final me deposita alienado en el cuarto movimiento de la novena sinfonía de Beethoven. Ese coro que estalla con la Oda a la Alegría me disuelve, me hermana y me une a la humanidad de ahora y de siempre. Sin entender, caigo de rodillas ante la brillantez de los agudos de la soprano entre sopranos: María Callas, “La Divina”, que recupero el bel canto. Me estremezco, ante la potencia del pecho sin par de Pavarotti y derramo lágrimas de amor mientras me acaricia con “Nessun Dorma” en el que me parece el más italiano de los dialectos. Todos están muertos y sin embargo son inmortales. Me hacen parte de una raza y una cultura. Me trascienden y trasciendo tratando de llenar aunque más no sea uno de sus zapatos.

Seguramente, durante mi escucha, he cerrado los ojos sin darme cuenta. Al advertirlo, los reabro muy lentamente, como temiendo que me inunden de imágenes. El sol casi ha completado su diario ciclo y las paredes de aire, ya inútiles, han desaparecido. Al reconocer cada nota, cada una de ellas imaginada en la naturaleza que me rodea, me asombro y me sobresalto.

Con agitación, abro la cortina del dormitorio; temí que no fuera mi casa, que no fuera mi jardín. Me encontré con un cielo gris lleno de nubes. Ni el menor rastro de ningún sol. Solo una lluvia aburrida, inexorable y tan vertical como deprimente.

No quise vivir ese día. Me negué a sufrir su aplastante realidad. Solo se me ocurrió un remedio, de modo que mientras me arrebujaba entre las mantas, desperté con los mejores anhelos otra vez dentro de mi sueño.

 

Carlos Caro

Paraná, 16 de septiembre de 2014

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